Mis relatos cortos

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PASIONES COTIDIANAS

Levanto los ojos de mi mesa y me tropiezo con los tuyos por encima de la pantalla de mi ordenador, me topo con tu sonrisa que me abrasa el alma, pero no es la que yo espero. Busco pasión, encuentro compañerismo, amistad. Poco, demasiado poco para mi anhelante amor. Aparto la mirada con desgana; pinto con tristes colores mi mejor y más falso gesto de indiferencia. No deseo que tú leas lo que con angustia y pesar en el corazón deseo que no intuyas, me muero porque me correspondas.
Mis manos buscan las tuyas, un roce casual que me transmita tu calor, que me de tu esencia que más tarde me llevaré a los labios y besaré. Tu piel curtida y suave de hombre maduro hace que mis pensamientos enloquezcan al soñarlas sobre la mía recorriéndola palmo a palmo. Me cuentas con pesar tus penas de amor y suspiro deseando que la persona a la que crees amar pueda ser yo algún día y algún día tu alma se sienta perdida si no está prisionera de la mía.
Sonríes divertido por algo que he dicho. Tus labios se humedecen y cierro los ojos un instante al tiempo que sueño besarlos y morderlos, arrebatados ambos por una pasión que nos engulla sin fin, sin imponer control al deseo que nos esclaviza y del que no ansiamos liberarnos nunca.
Pasas a mi lado de camino a la puerta. Me hablas y te miro. Río tu chiste y sales del despacho. Cierro los ojos un momento intentando, en vano, controlar el deseo que me abrasa y me consume sin tregua, el corazón desbocado en mi pecho al tiempo que tu perfume me embriaga y…
Suena el teléfono.
El estridente soniquete me saca bruscamente me mi ensueño y enfría con dolor mi deseo. Miro la pantalla del móvil. Cierro fuertemente los párpados deseando que la persona que llama se aburra y cuelgue. Pero eso no sucede. Con los ojos llenos de lágrimas, aprieto el botoncito verde y me acerco el auricular a la oreja.
La voz conocida, y un día amada, de mi esposa me dice:
—¡Hola, Carlos, qué tal te va la mañana en la oficina!
 




¡NO FUE UN ACCIDENTE!

Miro el cadáver en el suelo de mi cocina.
El golpe ha sido definitivo. Su cabeza está destrozada y restos de lo que era un instante antes se desparraman por las baldosas de compacto recién fregado y con olor aún a Don Limpio.
Siento que mi manos tiemblan por el horror y... ¡sí, también por el asco!
Aparto la mirada mientras con las manos palpo la fresca pared de azulejos y me apoyo en ella mirando al techo, intentando entrar en mis pulmones un aire que se niega a entrar y que a su paso es casi como una brasa ardiente. Noto cómo me tiemblan las manos, la cabeza, el cuerpo entero. Cierro los ojos y me esfuerzo por contener las náuseas que taladran mis entrañas. Entonces, me miro las manos. El arma aún continúa entre mis dedos. Me aferraba a ella como a un timón, como a una tabla en medio del mar, en el fragor de una tormenta. Más asqueada aún la lanzo al suelo, produciendo un sonido extrañamente agudo al chocar contra él.
Me sereno lo justo y pienso:
«Tengo que deshacerme del cuerpo»
Sacando fuerzas de donde no hay, me agacho y me acerco a los restos aún palpitantes y cálidos. Los últimos espasmos aún hacen vibrar sus miembros. En ese momento siento el ruido de una llave en la cerradura de la puerta principal. Cierro los ojos ante lo inevitable. Unos pasos se acercan y su voz me llama:
«Teresa, nena, ¿estás en casa?»
Mis ojos se llenan de lágrimas; ¡ya no estoy sola! Él me ayudará a deshacerme de los restos de mi brutalidad y calmará mi angustia... esa que aún atenaza mi estómago.
Me pongo en pie como impelida por un resorte. En ese momento él entra en la cocina y me ve. Y lo ve. Pone una mano en mi hombro, pausada, segura, tranquilizadora y me dice en un susurro:
«¡Sal, Teresa, yo me ocupo!»
Con los ojos ya sí arrebatados por unas lágrimas que ya no me veo capaz de dar freno, me voy al salón y me tumbo boca abajo en el sofá mientras, de forma cobarde, dejo que él se ocupe del desastre.
«¡Menos mal que ha llegado, menos mal!»
Le oigo bregar en la cocina, mover sillas, pasar la fregona.
Al poco sus pasos se acercan al salón y al sofá en el que, ya sí, reposo mi pesar. Él se sienta a mi lado, me acaricia la espalda. Siento su calor, su cariño a través de la fina tela de la camiseta. Me dice, con un amor del que ya no tengo duda alguna:
«Teresa, cielo, la próxima vez que te cargues una cucaracha procura que no sea con mi e-reader. Se ha roto la pantalla y ya no sirve para nada»
Asiento en silencio. Tiene razón, toda la razón...
«Lo siento –balbuceo- no tenía nada más a mano...»
 



LA ÚLTIMA BATALLA

Estoy vencido. Me siento vencido...
He batallado en todos los frentes posibles, en todas las lides habidas en mi devenir diario. No he evitado ni una, no me he arredrado ante ninguna.
Pero una vez y otra he sido vencido, abatido hasta la humillación, vapuleado. Arrastrado por el fango entre los pies de mis enemigos.
No me siento con fuerzas de continuar. No.
Miro en mi interior. Buceo entre mis sombras y sólo encuentro dolor y cansancio.
Abandono, sí.
Sé que quizá mi batalla, la que me permita levantar con orgullo la mirada al cielo, quizá sea la siguiente. Pero no puedo más.
Sólo quiero estar aquí tumbado y descansar, cerrar los ojos y dejarme llevar por el sueño reaparador... y no despertar más.
Mis párpados me niegan la luz. Mi respirar se vuelve sereno...
Pero mis oídos no los tapa nada, nadie.
El clamor de las armas ruge a lo lejos.
Siento mi piel erizarse bajo mi coraza... y no es frío. Es furia.
Abro los ojos, retiro el barro de mis mejillas. Sujeto con fuerza mi espada entre mis agarrotados dedos y silbo a mi montura que trota hacia mí con una energía nueva, desconocida.
Sí, quizá esta es mi batalla. La última lid que me permitirá resarcirme de tanto dolor...





MUNDA

El clamor de los soldados ante la victoria ensordeció los gritos de los moribundos. Por las murallas cuerpos desmembrados eran lanzados al vacío estrellándose contra las rocas mientras los legionarios de Roma destrozaban con sus gladios y sus pila el portalón. No habría perdón. Tampoco clemencia. Al otro lado del río, César observaba a sus hombres, orgulloso y calmado. Recordó. Recordó cómo esa misma mañana, cuando los rayos de sol arañaban las colinas, presintió que esa sería su última batalla, que la parca se llevaría su esencia arrancándosela a dentelladas.

Sonrió con desgana.

Su caballo se encabritó y lo controló con un seco ademán. Una leve brisa le acercó el nauseabundo olor a sangre y muerte y suspiró haciendo suya la sustancia volátil de sus enemigos. Hizo un gesto a su lugarteniente y tiró de las riendas de su montura que se lanzó a un raudo galope, nervioso ante el tufo de la destrucción.

No quedaría piedra en pie.

No quedaría recuerdo de la última plaza que rindió el dictador de Roma, el vencedor de los pompeyanos.

César estaba tocado por los dioses y, a lomos de su montura, en una carrera frenética, enloquecida, se lanzó a su destino.

Marzo  2010

          

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