viernes, 23 de diciembre de 2011

SANATIO: Capítulo XI


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Hispalis
     
Un poco menos de mes y medio habían estado Galerio y Ulpio fuera de Hispalis. El regreso fue mucho más fácil que la ida y más rápido. Los auxilia lusitanos volvieron a sus montes y a Aeminium con su tribu. Su trabajo había sido ejemplar y su colaboración muy valiosa. Ambos tribunos tuvieron motivos más que suficientes para descartar sus sospechas sobre la fidelidad de Césaro y sus hombres. A principios de año se reunirían para iniciar la más que probable campaña contra los mauri y el rey Bogud, si las informaciones proporcionadas por Lucio Naevio, duunviro de Gades, no eran erradas y efectivamente se decidía esta vez a atacar la Ulterior.
      A su llegada a Hispalis el legado de su legión, Tito Fabio Buteo, les recibió como si regresaran de Farsalia. Él tampoco podía esconder su decepción al ver que sus hombres y él eran relegados de la ocasión que las salvajes tierras del norte peninsular les brindaban. Pero la obediencia y la jerarquía eran máximas inviolables en el ejército de Roma y ningún gesto podía dejar entrever la rabia que su corazón escondía.
      Un par de días pasó Marco Galerio en su campamento haciéndose cargo del acomodo de sus hombres y sus monturas, reuniéndose con sus superiores, ocupándose de tareas menores, pero necesarias para el buen funcionamiento de la unidad, embe- biéndose de una rutina que ni deseaba ni le satisfacía. Prefería seguir con sus hombres en algún campamento lejano, organizando estrategias de lucha o asedio. Ante todo era un soldado y la inacción lo devoraba por dentro. Para él la ciudad era un medio inútil donde sentía cómo su fuerza se marchitaba.
      Los rumores le llegaron tan rápido como el viento es capaz de hacer llegar el olor a descomposición de los muertos en el campo de batalla. Al principio no sabía muy bien a quién hacían referencia, dado que todos en el campamento evitaban decirle a la cara lo que se murmuraba a sus espaldas. Fue Ulpio el que le trajo las nuevas con todo su significado. Marco Galerio y Cayo Ulpio se encontraban en el campo de entrenamiento, fuera del campamento, viendo entrenar a los nuevos reclutas. El sol de la mañana por fin se había decidido a hacer algo más que permanecer colgado en el cielo y un agradable calorcillo les envolvía. Cayo le explicó que en la ciudad de Hispalis había una nueva sanadora, una esclava que, en el patio de la casa de su amo, atendía a todo el que se lo solicitaba. Estaba alcanzando una fama notable porque sabía más que los mejores médicos de Roma y curaba lo que muchos habían sido incapaces de curar jamás. Su sabiduría estaba llegando a ser legendaria y su fama flotaba en el aire de la ciudad como si se tratara de un regalo de los dioses.
      Las palabras le llegaron a Marco Galerio al tiempo que una ira incontrolable le hacía estallar el corazón y le nublaba la razón.
      Ana. La esclava.
      No tenía la más mínima duda, y Cayo Ulpio tampoco, que los rumores hacían referencia a su nueva esclava y su misterioso don de sanar y de arrancar a los hombres de las garras de la Parca. Ahora entendía la ausencia de Urso en el campamento. Siempre que Galerio regresaba de alguna misión, Urso acudía a facilitarle la labor de acomodo y se hacía cargo de sus armas, su loriga y demás enseres de su uniforme. Esta vez no había sido así. Inicialmente pensó en la posibilidad de que estuviera enfermo, como aquella vez que se había roto una pierna al caer de lo alto de un muro que estaba reparando, o que se hubiera ausentado para realizar alguna gestión en algunas de las poblaciones vecinas. No. Estaba convencido de que Urso no había venido porque algo tenía que ver en todo esto y así debía ser sin lugar a dudas, dado que en su casa no se hacía nada en su ausencia sin que su esclavo lo permitiera.
      —Marco, no vayas a enfadarte ni a matar a nadie a latigazos hasta que sepas cómo son los hechos.
      A Galerio lo que más le irritaba, más aún que lo que en su casa pudiera estar sucediendo, era el tono condescendiente de su amigo. En el rostro de Ulpio se dibujaba una estúpida sonrisa que lo único que le indicaba era que se estaba divirtiendo sobremanera con sus problemas domésticos. No podía evitarlo pero la ira le hacía cerrar las manos en férreos puños que casi poseían vida propia. Era un esfuerzo sobrehumano el controlarlos.
      —Según me han contado, tu esclava visita sólo a otros esclavos, ésos que no tienen la suerte de tenerte a ti como amo y que cuando enferman sólo les queda la opción de morirse sin ensuciar demasiado y sin molestar a sus aristocráticos señores.
      —Prefiero ignorar esos rumores que me haces llegar impelido, supongo, por tu amistad hacia mí y no porque te haga una gracia enorme y te diviertas con todo esto. Esperaré a regresar a mi casa y, entonces, sabré con certeza lo que sucede.
      La sonrisa socarrona de Ulpio no desapareció con sus palabras y Marco sólo consiguió perderla de vista cuando su amigo se mezcló entre los legionarios novatos que hacían la instrucción, mientras les gritaba y les insultaba poniendo en duda su habilidad y valor.
      Esa misma tarde Urso se presentó ante él. Con la misma falta de efusividad de siempre y con el gesto contenido habitual, le dio la bienvenida. Afirmó que se alegraba de su regreso y de que no hubiera sufrido ningún percance; Galerio no dudó ni un instante de su sinceridad. El esclavo le ayudó a recoger sus pertenencias; esa tarde se marchaba a su domus. No tenía misión alguna que cumplir por ahora, excepto supervisar el entrenamiento de sus jinetes, pero ello no le obligaba a permanecer en el campamento más tiempo. No existía nada anómalo en el comportamiento de Urso salvo que eludía su mirada. Marco lo conocía a la perfección. Eso indicaba que algo le incomodaba, pero que prefería no hablar de ello.
      —Me he enterado de todo lo que está haciendo la nueva esclava en mi casa —dijo Galerio sin dejar mostrar su enojo—. Nada más regresar a la ciudad los malditos chismorreos se han ocupado de ponerme al corriente de los hechos.
      —Lo sé. Me he encontrado con Cayo Ulpio.
      Urso miraba, ya por fin, a Galerio a los ojos con una mirada desprovista de miedo o desafío alguno. Lo único que reflejaba era la aceptación de algo inevitable; mostraba resignación. Marco intentó manifestar una actitud severa en todo momento. Se abstuvo de preguntar a Urso sobre lo que estaba pasando porque dio por supuesto que la responsable de lo que pudiera estar aconteciendo era única y exclusivamente la nueva esclava, que desde su llegada a la casa había conseguido revolver la paz de la que tanto se vanagloriaba.
      Cuando sus cosas estuvieron recogidas se pusieron en camino hacia su casa en la ciudad.
      En cuanto entró por la puerta indicó a Urso que quería hablar con Ana en el tablinum. Allí había sido en el último lugar donde la había visto y donde la había reñido por el desagradable episodio con su tío. «Últimamente se está volviendo una incómoda costumbre –pensó Marco intentando controlar la ira—. Esta estúpida esclava se cree que puede hacer lo que le apetezca en mi casa y no se lo voy a consentir».

—El amo quiere hablar contigo. Ahora.
      Hipia y Ana estaban limpiando dos gallinas para la cena. Ambas se encontraban de espaldas, sentadas en un banco junto al hogar, echando en una saca las plumas que más tarde limpiarían y aprovecharían para rellenar cojines y almohadas. Hablaban de sus cosas y reían divertidas, cuando Urso irrumpió sin previo aviso. Giraron la cabeza al mismo tiempo, sorprendidas. Hipia se puso en pie como impelida por un resorte y se acercó al esclavo, preocupada.
      —¿Con quién quiere hablar el amo? –su voz mostraba angustia.
      —Con ella.
      El esclavo señaló a Ana con un movimiento de barbilla.
      Hipia miró a la mujer con aprensión. Urso tenía clavados sus ojos en Ana como dos puñales. Ella seguía sentada; había girado la cabeza en un primer momento ante la entrada de Urso, pero nuevamente volvió sus ojos a su labor y continuó retirando plumas del animal muerto con dedos temblorosos y torpes.
      —Ahora mismo. Te espera en el tablinum.
      Sin mediar palabra, Ana se puso en pie. Se acercó a una artesa con agua y se lavó las manos. Se secó con un lienzo y sin mirar a nadie ni decir nada salió de la cocina con paso raudo camino de la sala en la que le esperaba el amo. No se preocupó de que Urso o Hipia le acompañaran. No hacía falta que le indicaran dónde estaba la sala, a esas alturas se conocía la casa como la palma de su mano. De hecho su pequeño mundo se reducía exclusivamente a esa casa.
      Ana entró en la sala al mismo tiempo que Ulpio entraba en la misma por el acceso que daba al peristilo; en el último momento, había decidido pasarse por la domus de Marco a ver cómo resolvía el percance doméstico. La esclava se situó frente a Marco que estaba sentado en una de las sillas con las piernas estiradas mientras saboreaba algo que bebía de una copa de terracota. Dedujo que sería vino, el mismo que se encontraba en una jarra que Ana había colocado en una mesita baja junto a la pared una hora antes y que en ese momento se servía Cayo Ulpio sin apartar ojo de ella.
      Cuando Marco Galerio la vio entrar le costó un titánico esfuerzo no dejar entrever su sorpresa ante la apariencia de la esclava; pero aparecer turbado era lo último que deseaba, necesitaba presentar un aspecto severo y duro frente a ella. Había estado ausente sólo unas semanas, muy pocas para lo que era su deseo, y la mujer había sufrido un cambio espectacular en su apariencia en ese mes y medio escaso. El cabello, que siempre había parecido moreno, se mostraba ondulado y rubio oscuro, le había crecido casi un palmo; se lo cubría a duras penas con un paño, aunque varias ondas rebeldes se salían de donde se esperaba que permanecieran y enmarcaban su cara. Sus enormes ojos, entre verde y marrón, no mostraban ni el más mínimo atisbo de temor… ni de prudencia, dado que volvían a mirar retadores a su alrededor. A Marco seguía sin parecerle guapa, la boca, ya sin restos de heridas ni moratones, le parecía demasiado grande, los labios gruesos, su rostro excesivamente anguloso. Pero irradiaba una seguridad que le proporcionaba un digno porte que la embellecía, sin lugar a dudas. Galerio apenas prestó atención a Ulpio que acercó una silla a la suya y se sentó con lentos movimientos mientras observaba, analizaba más bien, los cambios operados en el aspecto y la actitud de la esclava. Su gesto evidenciaba su sorpresa.
      Si Ana percibió la tensión que se había generado en la sala con su presencia, no lo dejó entrever. Por el rabillo del ojo vio cómo entraban en el tablinum Hipia y Urso y se situaban un paso detrás de ella. «Ya estamos todos, puede empezar la fiesta», estuvo a punto de decir Ana, con una mezcla de amargura y enfado por su mala suerte. Hiciera lo que hiciera siempre volvía a tener que comparecer ante este hombre de gesto adusto y fiero, que no parecía en absoluto el dechado de virtudes que día a día Hipia le dibujaba, describiéndole como un amo bueno y paciente, que se desvivía por el bienestar de sus sirvientes. Una vez más se preguntó si sería verdad que él fue su salvador en aquél mercado de Gades y una vez más se negó a creer que el altruismo fuera el motivo que impulsó tan buenas acciones hacia su persona. En el fondo de su corazón sentía cómo el amo destilaba hacia ella un desprecio que no llegaba a entender y que le revolvía las entrañas, obligándola a rebelarse contra su suerte. Esa actitud altanera y prepotente por parte de Marco Galerio, que dirigía directamente hacia ella y hacia nadie más, la impulsaba a la desobediencia y a mostrar un orgullo nada oportuno dado su situación, según le gritaba una vocecilla en algún rincón de su cabeza. Sin el más mínimo atisbo de prudencia, se dedicó a devolver a Marco la mirada que en ella depositaba.
      El silencio en la sala era atronador.
      —En Hispalis todo el mundo habla de ti.
      El esfuerzo que Galerio realizaba por contener su ira era evidente en el temblor de su voz y su ronco tono. Los nudillos de su mano aparecían blancos al cerrarse sobre la copa.
      Ana no dijo ni hizo nada. Sus ojos seguían clavados en los de él.
      —Mi casa está en boca de todos y se habla de la esclava que sana lo que nadie más puede.
      Silencio.
      Marco suspiró enfurecido. La esclava, entendiendo que el hilo estaba a punto de romperse, bajó la vista por primera vez. Su soberbia había sido desplazada por el temor que ese hombre le inspiraba. Tenía muy claro que lo que hacía en el patio estaba bien, que ayudaba a muchos esclavos enfermos, incluso moribundos, que a nadie importaban. Pero no sabía cómo defenderse sin acusar a Hipia o al mudo consentimiento de Urso.
      Marco dejó la copa y se puso en pie tan rápidamente que los tres esclavos dieron un paso atrás. En dos zancadas se colocó a un palmo escaso de Ana y acercó su rostro al de ella, amenazante. Ana sintió cómo le temblaban las piernas, las manos, la cabeza. El amo era mucho más alto que ella y dos veces más corpulento, pero no era eso lo que más la acongojaba: se había encorvado en parte para llegar a la altura de su cara y la actitud era de violencia contenida, como la de un animal. Consciente de que no podía enfrentarse a quien siempre tendría las de ganar, Ana bajó la cabeza, esperando el golpe que no tardaría en llegar.
      Ulpio se puso en pie con gesto preocupado. La escena ya no era tan divertida como pintaba en un primer momento; Marco estaba más enojado de lo que se había pensado y podría salir por cualquier lado.
      —¿Quién te crees que eres para convertir mi casa en un mercado? ¡¿Quién?! –gritó Galerio.
      Ana encogió los hombros a modo de protección ante los gritos y siguió callada. Ulpio se acercó a su amigo.
      —¿A qué derecho te acoges para hacer lo que haces sin mi permiso? –A Marco le faltaba el aire para respirar, estaba rojo de ira— ¿Quién te ha dicho…?
      —¡Yo!
      Era Hipia la que había gritado más que hablado.
      Hipia dio un paso adelante con el gesto demudado por el temor. Todos los ojos, menos los de Ana, se dirigieron a ella.
      —Yo le pedí que ayudara a los esclavos enfermos –su voz tem- blaba penosamente, las lágrimas corrían por sus arreboladas meji- llas—. Ella sabe mucho, se podría decir que los dioses le han dado un don. Se corrió la voz por la ciudad cuando salvó al noble Cayo Galerio y muchos me pidieron que le preguntara si ella… si ella podría ayudarlos.
      Los sollozos a duras penas contenidos se transformaron en llanto y en hipo, aunque Hipia no dejó que esto la detuviera.
      —Tú eres un buen amo, generoso. Un amo bueno. No todos tienen esa suerte y yo creí que no te… Cuando se lo pedí a Ana, ella se negó porque pensó que no te gustaría, que te enfadarías una vez más con ella, que era preciso tu permiso, pero yo la convencí... Le expliqué la penosa situación de muchos de ellos. Y ella accedió.
      El gesto de Marco era de estupor. Miraba a Hipia como si la viera por vez primera. Ana, tan cerca de él que podía sentir su calor, su olor, permanecía con la cabeza baja, los ojos cerrados, las lágrimas corriendo por sus mejillas. Galerio entendió la situación; lanzó una intensa mirada a Urso que recibió el fuego de sus ojos con gesto sereno. Sin pronunciar sonido alguno, Marco preguntó a su apreciado esclavo y él asintió con un escueto movimiento de cabeza. Ya estaba todo explicado y Ana aún no había dicho una sola palabra.
      Galerio bajó los ojos hacia la mujer. Ella sentía su agitada respiración, su lucha por controlar la ira y, aterrorizada, permaneció aún con la cabeza baja.
      —Parece que ya está todo aclarado.
      El agradable tono de voz de Ulpio sirvió de bálsamo apaciguador, que rebajó en gran medida la tensión que se respiraba en esa sala. Marco aprovechó el punto de ruptura que su amigo le había brindado y retrocedió un par de pasos, pero no apartó la mirada de la esclava.
      —¡Mírame, mujer!
      Ana levantó el rostro, aunque mantuvo los ojos bajos. Le humi- llaba sentirse tratada como una cosa. Ni siquiera se dignaba a llamarla por su nombre que ya conocía de sobra.
      —¿Cuántos esclavos recibes al día?
      El tono, ahora más relajado, de Marco animó a Ana a volver a mirarlo. Él no pudo evitar un escalofrío cuando sus bonitos ojos se posaron en los suyos. Ya no eran retadores, buscaban conciliación y paz. Brillantes por las lágrimas le parecieron hermosísimos.
      —De ocho a diez, depende del día —contestó Ana en un susurro.
      Aunque intentó con todas sus fuerzas proporcionarle a su voz la fuerza que poco a poco volvía a fluir por sus venas, no pudo evitar que le temblara. Ulpio apareció nuevamente en su campo de visión, tras Galerio, y su penetrante mirada ayudó a robarle el escaso aplomo que había recuperado. Ese hombre la miraba de una forma que la desarmaba, la aniquilaba con esa extraña mezcla de curiosidad y bravuconería.
      —¿Cobras por tus servicios? –preguntó nuevamente Marco.
      —Nada en absoluto, aunque algunos me han hecho algún pequeño obsequio de agradecimiento. Cosas sin valor.
      —¿Cumples con las obligaciones que te corresponden en la casa?
      —Se levanta antes que nadie para que le dé tiempo a todo. Nunca ha dejado nada por hacer.
      A todos les sorprendió la intervención de Urso con su voz tranquila, grave, pausada.
      Marco avanzó, una vez más, un paso hacia Ana que hizo grandes esfuerzos por permanecer serena, inmutable.
      —Jamás te acercarás a persona libre alguna, sea ciudadano romano o no. Jamás cobrarás por tus servicios. Jamás postergarás tus obligaciones para atender a nadie. Tendrás que hacerlo de tal forma que, mientras yo esté en esta casa, ni me entere de trasiego alguno de esclavos ni de sus chácharas ni de sus ruidos. ¿Está suficientemente claro?
      —Sí, lo está.
      Marco observó el sutil cambio que había sufrido la expresión de Ana. Su rostro brillaba con una contenida alegría que se apreciaba por el brillo de miel y musgo de sus ojos. Se sorprendió observando un mechón de ondulados cabellos que se le había quedado enganchando en las pestañas y que se movía al ritmo de su pausado parpadeo. Contuvo el necio impulso de apartarlo. Galerio cerró los ojos; se sentía cansado, abatido, y sólo se le pasaban por la cabeza ideas estúpidas. Se giró y dio la espalda a los esclavos. No se le escapó el gesto de preocupación de Ulpio y la intensa mirada que dirigía a la esclava.
      —Ahora vete. ¡Idos todos a cumplir con vuestras obligaciones! –chilló Galerio.
      Hipia, Urso y Ana se marcharon en silencio. Nadie pudo ver la mirada de complicidad y la  sonrisa de alegría que compartieron las dos mujeres camino de la cocina. «Sí –pensó Ana—, una vez más he salido bien parada, pero este hombre me odia a muerte y a la primera oportunidad que tenga me hará pagar todas mis pequeñas victorias». Tampoco podía dejar de pensar en cómo se las apañarían a partir de ese día para esconder sus salidas, muchas de ellas nocturnas. Llevaba ya siete u ocho partos difíciles en los que había tenido que acudir a la casa de la parturienta y estar ausente varias horas, sin contar las visitas a los moribundos. Mientras que el amo había estado fuera, la cosa no había sido difícil de solventar, pero ahora que estaba en la casa la cuestión tomaba un cariz distinto. «Estoy metida en un buen lío y no veo cómo voy a poder poner solución a esto. No puedo demostrar que soy una persona libre; sin pruebas ese hombre jamás me dejará libre así como así y, ahora menos que nunca, después de dos partidas ganadas a su soberbia. No hay vuelta atrás y esto sólo puede ir a peor».
      Urso salió al patio sin decir palabra. Hipia se dispuso a preparar la cena. Ana se sentó en el banco y terminó de desplumar las gallinas; suspiró profundamente intentando controlar el miedo que le atenazaba el corazón. Decidió que lo mejor era volver a sus quehaceres. Estar ocupada y no pensar demasiado, porque lo que tuviera que suceder, sucedería.

En el tablinum Marco se llenó hasta arriba la copa con perfumado vino y la vació de un solo trago. Cayo Ulpio, a su espalda, daba pequeños sorbos del suyo.
      —Marco, no entiendo por qué odias tanto a esa mujer.
      —Estás equivocado, no la odio.
      La tensión y el agotamiento transformaron su voz en un ronquido profundo, casi cavernoso. Volvió a llenarse la copa y se sentó junto a su amigo.
      —Esa mujer tan extraña y tan soberbia, me reta constantemente con su actitud, con su porte altanero.
      —Se comporta como lo que ella afirma que es: una persona libre.
      Marco soltó una cínica carcajada.
      —¡Hasta hace poco no recordaba ni su nombre y ahora resulta que recuerda, sin ninguna sombra de duda, que es una persona libre!
      —Urso me contó que todos los indicios…
      Marco se puso en pie irritado.
      —¡Deja ya de hablar de cuestiones estúpidas, Ulpio! No entiendo qué le ves a esa esclava para que la defiendas tanto.
      Cayo Ulpio se levantó y se acercó a su amigo.
      —¿Por qué no me la vendes?
      Galerio dibujó en sus labios algo parecido a una sonrisa, pero sus ojos permanecieron tan vacíos como un pozo seco.
      —Sí, quizá esa sería la mejor solución: perderla de vista –aún sonriente palmeó afectuosamente el hombro de Ulpio—. Déjame que me lo piense. En unos días hablamos.
      Marco volvió a vaciar de un trago su copa.
      —Supongo que te quedas a cenar conmigo.
      —Por supuesto, amigo –dijo Ulpio con tono desenfadado—, jamás me perdería un guiso de Hipia; los dioses no me lo perdonarían.
      Ambos rieron y se dirigieron al triclinio.
      En los últimos tiempos a Ulpio ya no le gustaba tanto compartir sus ratos de esparcimiento con Marco Galerio. Se había vuelto huraño, de agrio carácter, desagradable cuando bebía, lo que era cada vez más frecuente. Consideraba la posibilidad de que los acontecimientos de cuatro años atrás hubieran dejado más huella de la que en apariencia se apreciaba. Pero también consideraba como más que probable que la nueva esclava tuviera algo que ver en lo que le sucedía. La mujer le retaba constantemente con su actitud, jugaba con un fuego que podía abrasarle las manos, aunque hoy había comprobado cómo ella se había batido en retirada, con una acertada prudencia, cuando Marco estaba a punto de perder el control. Había sido un episodio desagradable, casi ridículo.
      No. Hoy no era el día que más le apetecía compartir cena con su amigo y, sin embargo, se quedaba. La excusa podrían ser las sabrosas viandas que Hipia preparaba, pero no lo era. Ulpio debía reconocer que en el fondo de su corazón ansiaba volver a ver a Ana, aunque sólo fuera un instante.

Su traje de novia era muy bonito. Sonreía y era feliz. El cabello, recogido en un hermoso peinado, aparecía decorado con flores frescas que llenaban su espíritu con su agradable aroma. Varias mujeres revoloteaban a su alrededor acicalándola y gastándole bromas subidas de tono, mientras sus risas llenaban de ecos cantarines la habitación. Por la ventana el cielo era azul, luminoso. Un relámpago lejano anunció la tormenta que se acercaba. Entonces, negras nubes apagaron el sol, tiñendo la escasa luz de matices grisáceos. Las flores de su cabello se marchitaron. Su bonito vestido se tornó negro y hediondos jirones cubrieron su cuerpo. Sintió un intenso dolor en el vientre. Con las dos manos se palpó el prominente abdomen que se contraía brutalmente en unas insoportables sacudidas. Quiso pedir ayuda a las mujeres que con ella estaban, pero cuando miró a su alrededor todas habían desaparecido. Las piernas le flaquearon haciéndola caer al suelo y el dolor llegó al límite de lo que podía aguantar. Su vientre se rasgó de lado a lado. La sangre manaba a borbotones. «¡Voy a morir y mi pequeño también!». Cerró los ojos y sintió una brutal sacudida. Cuando se atrevió a mirar el fuego lo rodeaba todo, el humo no la dejaba respirar y el cuerpecito de su pequeño descansaba sobre su regazo, inerte y frío. Lloró desesperadamente, sin embargo, de sus ojos no brotó ni una lágrima. Varias voces lejanas la llamaron; decenas de manos aparecieron a su alrededor invitándola a asirlas y a salir de ese infierno, pero ella sólo quería llorar y que su pequeño volviera a abrir los ojos…
     Un grito desgarrador.
      Ana se despertó sobresaltada. Estaba empapada en sudor, temblorosa. Se incorporó y se palpó el rostro que encontró húmedo y pringoso. Esta pesadilla había sido mucho peor que todas las que plagaban sus sueños noche tras noche… ¡Había sentido tanto dolor, tanta angustia, era todo tan real! Se palpó el vientre con la aprensión de encontrarlo desgarrado. Se levantó la camisa y buscó en la piel alguna cicatriz, alguna marca. Apenas había luz y no pudo apreciar nada extraño. Se tumbó, dejándose caer agotada.
      Cerró los ojos esforzándose por recuperar la calma. Las imágenes volvían nuevamente en toda su crudeza, plagadas de detalles, de olores, de sonidos. «Esto no es una pesadilla –pensó horrorizada—, esto lo he vivido de verdad, sea lo que sea lo que representa»
      El sueño esa noche no volvió a buscarla. Tras la oscuridad de sus párpados sólo veía la carita de un precioso niño.
      «Mi hijo»

Gracias al jabón y a la lejía que había elaborado con cenizas, la tarea de lavar la ropa era bastante llevadera. Los primeros días se le llenaron las manos de heridas y grietas y el dolor llegó a ser insoportable porque, aunque el jabón funcionaba, frotar había que frotar para que algunas manchas desaparecieran. Por la noche se las envolvía en lienzos impregnados de aceite de oliva y vinagre, pero al día siguiente, al retomar su tarea, volvían a sangrar y a dolerle. Según fueron pasando los días, la piel se le curtió y ya no era tan frecuente que se le abrieran grietas. El problema entonces fue el frío. Para poder atender a los esclavos que empezaban a aparecer por el patio hacia media mañana, debía iniciar su trabajo nada más salir el sol, por lo que el aire frío de esas horas le cortaba, incluso, la respiración y le convertía las manos en dos trozos de madera insensibles, lo que dificultaba su labor. Eso sí, según iba lavando y frotando entraba en calor y raro era el día que no terminaba sudorosa y arrebolada por el esfuerzo.
      La noche casi en vela que había pasado después de despertar por las pesadillas le robó la vitalidad de la que disfrutaba cada día. Era eso lo que la tenía tan abatida o quizá el hecho de saber que el amo se quedaría en la casa durante un tiempo indefinido, ya que hasta principios de año no tenía obligaciones con su legión. Varios problemas se arremolinaban en su cabeza y le quitaban la serenidad de la que había gozado varias semanas.
      Dos piezas de ropa le quedaban por aclarar. Como eran blancas, las metería en lejía para que desapareciera el tono amarronado que le daba el uso. Aún de rodillas, las escurrió retorciéndolas para quitar el exceso de agua.
      —Sí que empiezas temprano a trabajar.
      Ana dio un respingo y soltó un exabrupto en su idioma por el susto, al tiempo que se giraba hacia el origen de la inesperada voz y se llevaba una mano al pecho. La risa de Ulpio no tardó en llenar la mañana, un sonido agradable en medio de tantas preocupaciones que abarrotaban su corazón. La mujer se puso en pie y recogió las prendas del agua. Ganas le daban de golpear al hombre con una de ellas en la cara por haber tenido la mala idea de asustarla. Aún sentía el corazón en la garganta por la impresión. Por allí casi nunca iba nadie, ni siquiera Hipia o Urso.
      —No tengo ni idea de lo que ha salido de tu boca, pero por el tono y tu ceño, juraría a que ha sido algo nada digno de una señora.
      Ana notó cómo su enfado crecía al mismo ritmo que la sonrisa aumentaba en esa cara de hombre-libre-rico-satisfecho-de-sí-mismo. 
      —Esta marca en mi brazo –se señaló la marca de esclava— indica que no lo soy, por lo tanto puedo decir lo que me de la gana. Además no creo que ninguna señora tenga que lavar la mierda de otros en un río helado y de rodillas.
      Ulpio se rió nuevamente.
      —Veo que tanto en tu lengua como en la nuestra encuentras siempre la palabra adecuada para cada momento.
      La esclava se dispuso a coger la cesta con la ropa ya lavada, pero Ulpio se interpuso en su camino. Ella le miró. Él aún sonreía, aun- que, lejos de ser un gesto socarrón o cínico, era una sonrisa que pretendía mostrara sus amistosas intenciones. Aún así, Ana desconfió.
      —No quiero burlarme de ti –Cayo dio un paso atrás intentando mostrar una actitud conciliadora—. Siento por ti un respeto que no sentiría jamás por muchas aristocráticas señoras de esta ciudad ni de Roma, créeme.
      Ana ignoró sus palabras y, dando un amplio rodeo alrededor de Ulpio, tomó su cesta del suelo, añadiendo las dos prendas de ropa. Sin volverse hacia él, tomó camino hacia la casa. Cayo la siguió dos, tres pasos.
      —Me pareces una persona muy interesante y estoy convencido de que eres una mujer libre –Ana se detuvo pero no se giró. Cayo se animó—. Sólo hay que verte cómo hablas, con qué aplomo te mueves, con qué confianza miras a los ojos de los demás. Lo haces como alguien habituado a ello.
      Ella seguía de espaldas.
      —¿Y de qué me sirve que tú me creas? No eres mi amo.
      Ulpio se acercó a ella por detrás.
      —Marco Galerio es mi mejor amigo. Habrás visto que cuando le hablo me escucha, que consigo que apacigüe un tanto su enfado.
      Ana se volvió y le miró directamente a los ojos.
      —¿Qué quieres de mí?
      Ulpio le ofreció su mejor sonrisa que a ella se le contagió pero que se esforzó por contener.
      —Sólo me gustaría hablar contigo, quizá ser tu amigo, como lo son Urso o Hipia.
      —El amigo de los esclavos. Seguro que te gusta repetírtelo todos los días cuando el sol se pone y te vas a dormir.
      Por primera vez, Ulpio no supo qué decir. Ella se envalentonó. Dejó la cesta en el suelo sin dejar de mirarlo y tomó aire.
      —Sólo te mueve una morbosa curiosidad, lo veo en tus ojos. Te preguntas qué clase de mujer soy, de dónde vengo, quién soy. Te divierte muchísimo ver cómo me enfrento a… al amo, pero me ves como si fuera un animal extraño; asistes a los juicios a los que tu gran amigo me somete como el que acude al circo. Yo no necesito a alguien como tú. He entendido que estoy sola, no me tengo ni a mí misma. Estoy a la mitad, no me recuerdo, no me reconozco y sufro por ello. Y eso no parece importarle a nadie y menos a ti. Tú sólo buscas en mí diversión.
      Sin poder vencer el impulso, Ulpio la cogió por un brazo, enfadado. Apretó demasiado, sin desearlo. Ella se retorció intentando desasirse y evitando con todas sus fuerzas soltar un lamento de dolor; en ningún momento apartó su mirada de los ojos de él. La rabia superaba cualquier otra sensación. El forcejeo sólo duró un instante y, por fin, Ulpio soltó su presa.
      Ana cogió nuevamente su cesta con una rabia contenida. Se moría de ganas de masajearse el dolorido brazo que le latía intensamente, aunque antes prefería caer muerta que mostrar el daño que le había hecho. Sentía la garganta prieta por el llanto, pero respiró hondo. Él la miraba con cierto arrepentimiento que fue rápidamente superado por el orgullo con el que inmediatamente brillaron sus ojos.
      Ella se aclaró la garganta, tomó aire y le espetó con ironía:
      —¿Ves? No te necesito. Si buscara a alguien, que no lo busco, sería una persona que creyera en mí y en mi condición de libre. Tú dices creerme, pero en cuanto te hablo como si lo fuera no dudas en hacerme volver al lugar que todos vosotros me habéis asignado. Y te aseguro que ese no es mi sitio.
      Ulpio avanzó un paso hacia ella.
      —No estoy acostumbrado a que me hablen como lo haces tú. Pocas mujeres se comportan o hablan como tú.
      El tono de voz de Cayo ya no era relajado ni divertido. Sus ojos se habían oscurecido al apagarse en su rostro su sonrisa.
      —Marco Galerio tampoco acepta ese tono. Ninguna persona libre lo aceptará. Eso debes comprenderlo. No sé de donde vienes ni cómo son las costumbres de tu pueblo, pero no está de más que aprendas cómo son las costumbres en Roma. Conseguirías mucho más de Galerio –prosiguió con un tono más suave, una sonrisa nuevamente asomando en sus labios— si no fueras tan altanera ni tan soberbia ni tan contundente. Ponle algo de miel a tus palabras, no invites a la guerra con tus ojos y Marco será más benévolo. Cualquier otro en su lugar ya te habría arrancado la piel a latigazos, no lo dudes.
      —Me dices que me comporte como una esclava…
      —Te digo que te comportes como una mujer romana de buena cuna y exquisita familia.
      Ulpio sonrió. Sus ojos volvieron a brillar entre azul y verde.
      Se miraron durante un instante. Ana sopesó sus palabras y no pudo contener una sonrisa contagiada por la de él. Parecía tan sincero que necesitaba creerle.
      —Quizá tengas razón.
      —La tengo. La tengo, no lo dudes.
      Ana se volvió y caminó varios pasos hacia la casa, creyendo la conversación por finalizada.
      —Es cierto que siento curiosidad por ti –dijo Ulpio; ella detuvo sus pasos una vez más y se giró—, ya has visto que no es muy habitual encontrar a nadie como tú por aquí. Sin embargo, no creo que eso deba ser algo que te produzca rechazo. Yo puedo serte muy útil.
      Ella le miró, aunque no dijo nada. Él avanzó un poco más.
      —Es cierto también que has tenido suerte de encontrar en tu camino a alguien como Marco Galerio. Pocos hay como él. Pero… pero no puedo dejar de pensar qué habría pasado si el que te hubiera encontrado en ese mercado de Gades hubiera sido yo y no él.
      No pudo interpretar su gesto ni la expresión de sus ojos. Ana estaba desconcertada. Quizá estaba jugando con ella y no entendía las reglas.
      Suspiró. Prefirió ser prudente.
      Aseguró la cesta en su cadera, se volvió y continuó su camino hacia la casa sin añadir nada más. Porque nada de lo que se le ocurría sería bien recibido por un hombre como él. Necesitaba un aliado, alguien en el bando de los ganadores que le indicara el camino. Mejor éste que ninguno. Por eso era mejor no añadir nada más.
      Ulpio vio cómo se alejaba Ana hacia la casa. La mujer se había permitido la última desfachatez: la de marcharse sin despedirse con respeto como era esperado, dándole la espalda. Se agachó y tomó unas piedrecillas del suelo que lanzó al arroyo sin dejar de sonreír y sin saber qué pensar de una mujer tan extraña.
      Ni Ana ni Ulpio se dieron cuenta de que alguien los miraba. Desde el otro lado del arroyo, tras un pequeño grupo de árboles, Urso les observaba sin perder detalle.


domingo, 11 de diciembre de 2011

SANATIO: Capítulo X


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Tierras de lusitanos y vetones

El campamento de los lusitanos se encontraba a algo menos de media milla del que los romanos se habían construido cerca del río Zêzere. Desde que Marco Galerio y sus turmas se habían reunido con Cayo Ulpio y sus tropas esa misma tarde, no habían vuelto a encontrar rastros o indicios de los hombres y jinetes que les habían seguido desde Civitas Igaeditanorum; se habían disipado como la niebla. Marco le refirió a Ulpio sus dudas y la posibilidad de que se tratara, no sólo de astures, sino de hombres de Césaro cuya misión fuera vigilar sus pasos hasta el punto de encuentro.
      —No me preocupa demasiado que puedan ser lusitanos –afirmó con gravedad Ulpio—, me preocupa que se trate de astures. Estas tierras no son las suyas y que se alejen tanto de su territorio sólo puede significar una cosa: que se están preparando, que están revisando la zona por la que tienen intenciones de atacar, que es justo la más débil de esta provincia. Con apenas destacamentos y casi ninguna ciudad de importancia que pueda cerrarles el paso, estas tierras son prácticamente un coladero.
      —Daré órdenes de que parta un mensajero hacia Cordura con una carta tuya para el gobernador.
      Ulpio asintió, serio y se dispuso a redactar el escrito en un papiro. Le gustaba que Marco Galerio y él volvieran a estar juntos de servicio. Ambos sabían a la perfección qué pensaba el otro en todo momento; eso hacía innecesarias muchas órdenes banales y las reiteraciones. A lo que no se acostumbraba ninguno de los dos era a la diferencia de rango. Siempre habían tenido el mismo grado, pero ahora no. El cargo de tribuno angusticlavio de Ulpio lo convertía en inmediato superior de Marco y oraba a diario a los dioses que pudieran escucharle para que eso no les enfrentara jamás, cosa poco probable dado el carácter respetuoso de Galerio con la jerarquía, pero en absoluto imposible, si recordaba los enfrentamientos pasados años atrás entre los dos, de los que no habían hablado jamás y que, por lo tanto, aún no habían solventado. Se habían limitado a coser la herida y no le habían extraído antes la ponzoña que la había envenenado. Los dos pretendían retomar su amistad en el punto donde la habían dejado cuatro años atrás, antes de que todo empezara a complicarse como lo hizo.
      Marco Galerio se levantó y salió de la tienda. Mantuvo unas palabras con el jefe de su guardia que esperaba a la puerta, mientras Ulpio escribía.
      —Tengo entendido que Roma le ha concedido a Cneo Domicio una legión más, para afrontar estas tierras y la de los astures y cántabros –afirmó Ulpio cuando Galerio regresó.
      —Sería lo más adecuado. Con sólo dos legiones no se puede defender y batir un territorio tan basto.
      Un decurión pidió permiso para entrar. Ulpio se lo dio con un gesto de su mano sin levantar la vista de su cálamo y sin dejar de escribir. El hombre hizo el saludo de rigor y habló:
      —Nobles tribunos, he avisado a los centuriones para que se reúnan con vosotros, tal como habéis ordenado y dos jinetes estarán prestos para partir hacia Corduba una hora antes de amanecer.
      —Muy bien, decurión –dijo Marco—. Puedes retirarte.
      El hombre saludó con el brazo y se dispuso a salir.
      —Apio Póstumo –el decurión se giró de nuevo ante la llamada de Ulpio—. Que los centinelas informen cada hora de los movimientos del campamento lusitano.
      —Como ordenes, tribuno.
      Nuevo saludo y el decurión se perdió, ya sí, en la oscura noche.
      Ulpio terminó de escribir en la tablilla, la cerró y la selló. Marco se sentó en una silla frente a él, dejando caer todo el peso de golpe en tan minúsculo mueble y poniendo a prueba su resistencia. La silla crujió a modo de protesta.
      Ulpio se recostó en el escueto respaldo de la suya.
      —Te veo muy cansado, Marco.
      Galerio suspiró y se masajeó el puente de la nariz con los dedos.
      —No duermo bien, eso es todo.
      —Nos quedan aún largas jornadas de trabajo.
      Marco le fulminó con la mirada.
      —No te preocupes, tribuno, cumpliré con lo que se espera de mí.
      —No pongo en duda, ni por un momento, tu capacidad –Ulpio sonrió conciliador—. Quiero que trabajemos juntos como antes. Que seamos un solo cuerpo con dos inteligencias.
      Marco observó detenidamente a su amigo. Ulpio no supo interpretar su intensa mirada. Agradeció que tan tenso momento se viera interrumpido por la entrada de los centuriones de ambas unidades, que tras los saludos de rigor, se pusieron con los tribunos a delimitar su estrategia de los próximos días y a definir la asamblea que al día siguiente sostendrían con los jefes lusitanos. La reunión terminó un poco antes de medianoche. Tras irse a descansar a su tienda, Galerio consiguió arrancarle a la noche algunas horas de sueño, aunque plagadas de pesadillas desconcertantes que, lejos de proporcionarle descanso, contribuyeron a dejar su cuerpo como si hubiera sido pisoteado por una manada de caballos salvajes. El humor con que afrontó la mañana era acorde con el aspecto del cielo, que les recibió de amanecida plagado de negras, espesas nubes y un gélido viento que escocía en la piel.
      Mediante el intercambio de mensajeros, ambos grupos acordaron reunirse en el campamento romano. Pasaban dos horas desde el amanecer cuando, por la ladera, los centinelas vieron acercarse una comitiva formada por unos cincuenta jinetes, dirigida por el que abría la marcha y que controlaba el paso de los demás a base de gestos con sus manos y silbidos. Los caballos avanzaban en un ligero trote que denotaba la aparente despreocupación de quienes los montaban, importante carta de presentación a la hora de ser recibidos por la representación en aquellas tierras del imponente poder militar de Roma.
      A las puertas del campamento les esperaban, desde que habían sido avistados por los centinelas, el tribuno angusticlavio, Cayo Ulpio y el tribuno de caballería, Marco Galerio, ambos escoltados por todos los centuriones de ambos cuerpos y sus correspondientes portaestandartes, aparte de una guardia de diez hombres por cada cuerpo. Marco había insistido en que debían recibir a los lusitanos a caballo, pero Ulpio se negó en rotundo; afirmó que los gestos en este tipo de situaciones son fundamentales. Al recibir a Césaro y sus gentes a pie mostraban una actitud amistosa, no beligerante y se les reconocía su autoridad dentro de su tribu para negociar asuntos tan vitales. En definitiva se les reconocía su valía y su importancia para Roma. Sin embargo, ello no era óbice para que, dentro del recinto del campamento, casi todos los legionarios y la mayoría de la caballería, permanecieran alertas con sus armas en la mano dispuestos a actuar rápidamente ante cualquier movimiento de ataque inesperado por parte de los lusitanos. Era necesario mostrar confianza en un posible aliado, pero nunca era aceptable el exceso de dicha virtud ni bajar la guardia. La propia vida y la de muchos hombres estaban en juego.
      Césaro hizo un gesto con la mano a sus hombres y todos se detuvieron a la vez, a unos veinte pasos de la representación romana. De un simple vistazo se reconocía quién mandaba entre esos hombres aunque todos mostraban una vestimenta similar formada por túnicas cortas hasta las rodillas, petos de cuero o metal, abrigados con sagum, con trapos enrollados en las pantorrillas, la mayoría descalzos. Portaban un escudo redondeado colgado a la espalda y una espada corta y recta que sujetaban a un lado de su montura; ningún emblema adornaba sus ropas o yelmos que los diferenciara unos de otros, mostrando alguna jerarquía. La majestuosidad del jefe lusitano, que se presentaba algo más avanzado con respecto al resto, estaba en su porte, en su semblante atento y grave, en su mirada suspicaz, inteligente. De tez morena, cabello negro y largo que le enmarcaba un rostro duro, con largo bigote y barba de igual tono que daba a su cara un aspecto más maduro de lo que era en realidad. Los ojos de los romanos se posaron todos a una en este hombre singular como se haría con un gato salvaje a punto de saltar sobre sus rostros. El silencio era sólo roto por el trinar lejano y vibrante de los pájaros en las riveras del río, el piafar inquieto de alguna de las monturas y el golpe sordo de sus cascos en la tierra húmeda. Ambos bandos se observaban con detenimiento.
      Ulpio se adelantó un par de pasos, levantó su brazo a modo de saludo y les habló en su lengua:
      — Os damos la bienvenida en nombre de Roma y su pueblo. Os recibimos en paz en nuestro campamento y os agradecemos vuestra comparecencia.
      Césaro contuvo una sonrisa; un brillo burlón iluminó sus oscuros ojos que semejaron jades. Levantó su brazo imitando el gesto del oficial romano y luego cerró su mano en un puño al tiempo que cruzaba el brazo sobre su pecho. Sin mediar aún palabra alguna hizo otro gesto con su mano y, al tiempo que él y seis de sus hombres descabalgaban, el resto tomaron las vacías monturas por sus riendas y se retiraron varios pies más allá; nunca demasiado lejos de su jefe.
      —Sed bienvenidos, romanos –Césaro hablaba en un aceptable latín—. Siempre es agradable ser recibido por extranjeros que se toman la molestia de hablar en nuestra lengua, pero las vicisitudes de los últimos años nos han hecho entender que también es preciso dominar el idioma del conquistador; así es más fácil saber cuales pueden ser sus pensamientos, sus intenciones.
      El semblante de Césaro se iluminó en una enorme y radiante sonrisa de autocomplacencia. A Cayo Ulpio le costó contener un gesto de sorpresa, no así a Marco Galerio que permaneció impertérrito.
      —Bueno es que ambos pueblos se entiendan, sin duda. Siempre es más fácil si se conoce la lengua del otro –Ulpio hizo un gesto de bienvenida con el brazo—. Hemos venido para negociar nuestra alianza y es mejor hacerlo en buen ambiente. Entrad en nuestro campamento y hablemos en mi tienda cómodamente.
      Césaro dudó un instante aunque no perdió ni por un instante su sonrisa, ya cínica. Susurró unas pocas palabras a sus hombres y con semblante decidido y serio se dirigieron hacia donde se encontraban los oficiales romanos. Césaro se plantó ante Ulpio y éste le dirigió unas palabras de cortesía en su lengua. Las tropas romanas se abrieron en dos grupos homogéneos delimitando un pasillo y la legación lusitana entró en el campamento, seguida de cerca por Cayo Ulpio,  Marco Galerio y los centuriones.
      Las negociaciones se realizaron en la amplia tienda de Ulpio y se desarrollaron durante cerca de cuatro horas. Al final ambas partes salieron satisfechas de los acuerdos alcanzados que establecían que los lusitanos colaborarían con la legión XXX como auxilia de caballería, aportando entre quinientos y seiscientos jinetes, es decir, unas dieciséis turmas, cuyo mando recaería en Ausa, nombrado jefe del ejército lusitano por los ancianos de su tribu y por Césaro, como su sucesor y lugarteniente, aunque el mando romano sería responsabilidad de Marco Galerio y a él directamente estarían supeditados en la jerarquía de dicha legión. A cambio, saldrían beneficiados en los repartos de los futuros botines tal como estableciera el legado propretor o en su defecto, de un salario. La vigencia de ese acuerdo sería por un año, transcurrido el cual los jinetes lusitanos que lo desearan podrían enrolarse en la legión. En el acuerdo se incluía que Césaro y sus hombres les acompañarían en su misión de exploración en tierra de vacceos y vetones, en los alrededores de Salmantica, para posibilitar la construcción de una calzada romana desde Vicus Caecilius
      Césaro partió del campamento romano para reunirse con el resto de sus hombres e, inmediatamente, un mensajero partió hacia Aeminium, para informar a Ausa y al consejo de la tribu del acuerdo alcanzado. Ulpio y Marco Galerio observaron las idas y venidas de los lusitanos desde el parapeto de su campamento. Esperaban que la confianza que habían depositado en los nuevos auxiliares lusitanos mereciera la pena. Cayo soltó al gélido viento las palabras que se agolpaban en la cabeza de su compañero, como si le hubiera leído la mente:
      —Nuestra suerte a partir de mañana está en las manos de ese gato salvaje que maúlla en latín.
      Marco Galerio no pudo contener una sardónica sonrisa que no consiguió proporcionar ningún brillo a sus apagados ojos.
      —Todas las dudas que nos mortifican serán disipadas en los próximos días –añadió Marco—. Mientras tanto, deberemos evitar dormir sin tener nuestra espada en la mano.
      Dos días más tarde partieron rumbo al norte. Los campamentos fueron desmantelados. Césaro y sus hombres empezaron a aceptar las órdenes de ambos tribunos de tal forma que acataron la distribución de su caballería como vanguardia, alas y retaguardia, de tal forma que sus jinetes envolvían a los legionarios de a pie, más vulnerables, en el avance. Un par de exploradores romanos y otro lusitano se adelantaron varias millas para reconocer los terrenos y poder marcar a los demás el camino más seguro y adecuado a seguir. Al día hacían una media de veinte a veinticinco millas, limitados por el avance a pie de los legionarios, y acampaban por separado, siempre en la cercanía de algún río o arroyo y en zonas despejadas o altozanos que facilitara su defensa. Los días eran muy fríos lo que empeoraba al caer la noche. El sol les acompañó todas las jornadas durante las horas diurnas, pero no calentaba, era sólo un disco pálido colgado de un cielo grisáceo. El suelo estaba tan helado que crujía bajo sus pies y los cascos de los caballos. Los prados y montes aparecían cubiertos de una capa blanquecina a todas horas del día, por efecto del rocío congelado.
      Fue durante la segunda jornada de avance cuando los exploradores indicaron, sin lugar a dudas, que les estaban siguiendo. Césaro expuso a Marco Galerio la necesidad de modificar el rumbo para evitar las zonas más escarpadas cercanas a la sierra y disminuir así la posibilidad de una emboscada en un terreno en el que la defensa fuera difícil. El avanzar en terrenos abiertos posibilitaba que el efecto sorpresa fuera menor y que la respuesta a un ataque fuera rápida y efectiva. Así se hizo. El cambio de rumbo aumentaría la distancia que debían recorrer hasta Vicus Caecilius, pero debía primar la seguridad de la expedición. Los exploradores avanzaron hasta la población vetona-lusitana de Capara [1].
      Ulpio consideró conveniente que todos los hombres marcharan preparados para reaccionar de inmediato ante un posible ataque; así los hombres cargaban con su impedimenta, pero los escudos iban al descubierto y sus espadas al cinto.
      Al amanecer de la cuarta jornada se produjo el ataque. Un enjambre de hombres apareció de la nada y bajó por una empinada pendiente con sus falcatas en la mano, corriendo, chillando enloquecidos, mientras que una hilera de arqueros y honderos disparaban sus proyectiles desde una posición elevada. Los legionarios, oficiales y soldados, se quitaron rápidamente los mantos y adoptaron de inmediato una disposición defensiva en cuña, en perfecta formación, blandiendo en actitud protectora sus escudos y sus pila, esperando a que la lluvia de flechas y piedras cesara. La caballería auxiliar atacó a los indígenas desde los laterales, envolviéndolos, posibilitando así el poder separarlos de su grupo principal y lanzar un ataque por la retaguardia. La caballería legionaria se distribuyó por el frente, separando a los atacantes en grupos y por los laterales, apoyando el ataque auxiliar. Marco observó con satisfacción que Césaro no ponía en duda su autoridad y que se mezclaba con sus hombres dando mandobles con su espada a diestro y siniestro. Galerio se introdujo con su montura en el grupo central de defensa y con su gladius consiguió acabar con varios indígenas, aunque llegó el momento en que se vio obligado a descabalgar, ya que se veía un blanco fácil, atrapado y sin posibilidad de maniobrar. Cerca de él escuchaba a Ulpio gritar órdenes como un loco; había perdido el yelmo y el cobrizo cabello aparecía empapado de sangre procedente de una brecha que tenía a un lado de la cabeza. La sangre de muertos y heridos cubría el suelo, antes helado y crujiente, poco después húmedo y resbaladizo. Los indígenas, cuyo número Marco calculó que serían unos trescientos, luchaban como posesos, pero la estrategia romana fue más acertada. Entendiendo que continuar el ataque era una maniobra suicida, un cuerno en la lejanía indicó el final del mismo y todos los indígenas a una abandonaron el campo de batalla, portando a sus heridos y dejando tras de sí a sus muertos. Los jinetes lusitanos persiguieron a los más rezagados con intención de aniquilarlos, pero Marco Galerio ordenó a Césaro que los hiciera volver, excepto a dos jinetes que debían seguirlos para observar sus movimientos y sus posibles intenciones de volver a atacar. El jefe lusitano obedeció en silencio con un gesto de profesionalidad que decía mucho de su experiencia en el campo de batalla. Inmediatamente transmitió las órdenes a dos de sus hombres que salieron a galope.
      Los vencedores soltaron gritos de júbilo, algunos lanzaron sus yelmos al cielo, exultantes de alegría. Cayo Ulpio, sentado en una enorme roca, era atendido de sus heridas por el médico de sus cohortes; todas sus lesiones eran superficiales aunque no lo pareciera dado el manto de sangre que lo envolvía. Su gesto permitía saber cuales eran sus pensamientos. Marco Galerio se acercó a él y le ofreció agua de su cantimplora.
      —Nuestras bajas han sido seis muertos y sesenta heridos, incluyendo los lusitanos, y una montura muerta. Las suyas, veinte muertos. Ha sido una maniobra rápida.
      Ulpio bebió un largo trago y suspiró. Césaro se acercó aún montado en su caballo el cual, todavía nervioso por la refriega, caracoleaba pateando el suelo; el brioso animal resoplaba lanzando hileras de baba al ensangrentado suelo, el hermoso pelo negro cubierto de una pringosa capa blanca de sudor. El jefe lusitano bajó de su montura con un ágil brinco, le dio las riendas a uno de sus hombres mientras le susurraba cortas órdenes en su lengua. El jinete asintió y se marchó con un ligero trote.
      —Tribuno Cayo Ulpio –dijo Césaro con tono grave— esos indígenas eran astures, probablemente Brigaecinos o Saelenos; yo me inclino por estos últimos, dados sus colores y la enseña del que los guiaba.
      —Están un poco lejos de sus tierras para esta época del año –dijo Ulpio— y no creo que estén buscando víveres.
      —No, no parece ser esa su intención –terció Marco—. Quizá son una avanzadilla para frenar el avance de las tropas romanas. Cuando vuelvan los exploradores, que me informen al momento de sus posiciones y su número.
      —No vamos a permanecer más tiempo aquí –Ulpio se puso en pie—. Ordenad a los hombres que se curen las heridas y que se ocupen de los muertos. En dos horas, a lo sumo tres, emprendemos la marcha hacia nuestro objetivo. Quizá podamos hacer diez o doce millas en lo que resta de jornada; procuraremos que sean más.
      Marco y Césaro se miraron. El tribuno no pudo interpretar lo que los negros ojos del lusitano le decían; quizá era lo mismo que pensaba él. Aunque el ataque había sido menor y de pocas consecuencias, lo más adecuado era descansar y partir al siguiente día. Césaro saludó a los oficiales romanos y se perdió entre sus hombres.
      —Y si descansamos un poco y partimos mañana…
      —Este ataque me ha parecido demasiado arriesgado para esos salvajes. Eran pocos, no más de trescientos o cuatrocientos, apenas nada si lo comparamos con nuestras fuerzas. Se han dejado ver varios días antes, forzándonos a variar nuestra ruta inicial. Algo me dice que ha sido una maniobra de despiste, que pretendían desviarnos de nuestro camino y entretenernos mientras el grueso de sus fuerzas se dirigía a otro lugar más importante para ellos. Creo que nos han utilizado y que les ha salido bien, de esta forma hemos perdido tres o cuatro jornadas, que serán más si nos paramos ahora.
      —¿Crees que Césaro nos desvió de nuestra ruta para esto?
      —Marco, yo no descarto nada.
      —Si eso es cierto, está compinchado con los astures.
      —Amigo, tú lo has dicho y eso es lo que pienso que puede haber pasado. Y si es así, creo que vamos directos al Hades. Debemos partir cuanto antes.
      Emprendieron camino tan rápido como fue posible pero antes oficiaron un rápido funeral e incineraron y enterraron a sus compañeros muertos. En el improvisado campo de batalla quedaron los cuerpos de los astures muertos en la refriega. Si sus compañeros no los rescataban quedarían a merced de los carroñeros. Varios buitres sobrevolaban ya perezosamente el plomizo cielo.
      Dos jornadas más tarde entraban en Vicus Caecilius. Allí les esperaban malas noticias. Varios oppida vacceos habían sido atacados por los astures y en la jornada previa el vicus había tenido que rechazar otro ataque. Era evidente que las suposiciones de Cayo Ulpio no habían sido exageradas. La ruta hasta Salmantica quedaba cortada y, por lo tanto, las expectativas de alargar la construcción de la calzada hasta allí quedaban comprometidas por el momento. Inmediatamente, Cayo Ulpio decidió enviar mensajeros hacia Hispalis, con la intención de informar al legado Fabio Buteo de las nuevas dificultades de la zona. Esa noche a la plaza arribaron dos jinetes procedentes de Complutum que le informaban que el gobernador había emprendido camino con las cohortes de la legión XXVIII que se encontraban en Corduba hacia Osca[2]. Los ataques indígenas en los Montes Pirineos, concretamente de los cerretanos, eran constantes y había que cortarlos como fuera. Los acontecimientos hacían pensar que las diversas tribus astures y, probablemente, las cántabras se estaban aliando para hacerle la vida imposible a los romanos. Eso no se resolvería con escaramuzas aisladas y había que establecer un programa más organizado que posibilitara resultados. Se les ordenaba permanecer en Vicus Caecilius hasta que fueran relevados por dos cohortes de la XXVIII, tras lo que ellos volverían a Hispalis, con el resto de su legión. Parecía que ya era oficial la concesión de una tercera legión que, aunque aún no tenía fecha de arribada, se establecería en la Península con intención de pacificar y someter los territorios cántabro-astures. Así lo deseaba Octaviano, responsable último de Hispania y dedicaría las fuerzas necesarias para que así fuera. Se tardara lo que se tardase. Lo que era intolerable es que un grupo de salvajes pusiera en peligro los intereses económicos y el potencial minero de una zona tan rica y tan importante para Roma.
      Tanto Cayo Ulpio como Marco Galerio tuvieron la misma sensación ante las nuevas recibidas y ante las órdenes que estaban obligados a acatar. Se les retiraba del principal campo de operaciones de Hispania y se les relegaba a la Ulterior. Eso iba en detrimento de su carrera. Ninguno de los dos se atrevió a expresar en palabras al otro sus suposiciones, pero ambos pensaron en idénticos términos.
      Quizá Marcelo no fuera del todo ajeno a tales maniobras.


[1] Actual ciudad de Cáparra, en la provincia Cáceres, Extremadura. Estaba en la confluencia de la región lusitana con la vetona.
[2]  En esos años la ciudad indígena recibía el nombre de Bolskan. Uno y otro son el nombre antiguo de la actual ciudad de Huesca, en la provincia de Huesca.

viernes, 2 de diciembre de 2011

SANATIO: Capítulo IX


Hispalis

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Ana supo desde la mañana siguiente de la accidentada velada que algo en la casa había cambiado y lo notó por las actitudes de Urso e Hipia para con ella. Estaban muy serios pero no eran condescendientes ni ofensivos, antes al contrario, se mostraban con ella respetuosos y cordiales. La llamaban por su nombre y le explicaban sus tareas con paciencia, que no eran otras que ocuparse de la ropa sucia, alimentar y cuidar de los animales y ocuparse de que siempre hubiera agua fresca y leña suficiente en la casa. Urso apenas le hablaba y le veía sólo en las comidas que compartían en la cocina. Siempre tenía cosas que hacer fuera de la casa y gestiones que realizar. Al amo no volvió a verlo y, sin necesidad de preguntar, le informaron que Marco Galerio había salido de Hispalis y que estaría fuera unas semanas.
      Se sintió muy satisfecha cuando utilizó su lejía, obtenida a partir de cenizas, y su jabón, fabricado con grasas, aceites y lejía; comprobó que dejaban la ropa muy limpia con la mitad de esfuerzo. La mayor parte de la ropa de la casa era clara o de tejidos sin teñir y soportaban a la perfección su ingenio sin decolorarse demasiado ni estropearse. El único problema era el olor, pero pensó que podría añadirle flores o hierbas aromáticas para atajar este inconveniente. Cuando Hipia pudo comprobar con sus propios ojos los resultados de su jabón en la ropa lavada mostró una enorme y sincera sonrisa que la embellecía y rejuvenecía su agradable rostro, haciéndolo aparecer infantil.
      —El amo Marco se pondrá muy contento cuando sepa que ya no tendremos que enviar la ropa buena a la lavandería. Es demasiado costosa y no la deja tan bien como tú.
      Ana correspondió a su entusiasmo con una contenida sonrisa que mostraba más tristeza que otra cosa. «El amo Marco –pensó abatida—, así supongo que deberé referirme a él desde hoy y hasta siempre». Eso si no le ponía solución antes. Siempre podría plantearse la posibilidad de escaparse y alejarse de un destino que, estaba convencida, no le correspondía. Intentó elaborar un plan y hacerse con los recursos necesarios para que su fuga fuera un éxito, aunque existía un problema o, más bien, dos: no tenía dinero ni sabía dónde se guardaba en la casa y no conocía la ciudad, pero quizá no serían cuestiones tan difíciles de solventar. El caso era recuperar la libertad que se le negaba por otros medios.
      Dos días más tarde Hipia la sorprendió mirando a través de la puerta principal hacia la calle. La domus de Marco se encontraba en una zona aún no muy habitada de la ciudad, cerca de la muralla, por lo que la calle no tenía un tránsito demasiado importante de personas. Ana calculó que podría salir sin que la viera apenas nadie, con la ventaja de que como las casas no tenían ventanas a la calle, a la que sólo daban muros lisos, no tendría el problema de toparse con miradas no esperadas que más tarde dieran cuenta de ella y de sus pasos. Una vez en la ciudad, le beneficiaría el hecho de que no la conocía nadie. Sólo el médico, Crito, y el amigo de Marco Galerio, aparte del anciano matrimonio, habían visto su rostro y estos últimos vivían en Itálica. Calculaba sus posibilidades cuando Hipia la vio en el dintel de la puerta principal. En el momento en que se supo sorprendida, Ana cerró la puerta y se perdió en el interior de la casa sin decir palabra, pero esa noche Urso la abordó sin previo aviso.
       —Espero, Ana, que no se te esté pasando por la cabeza escaparte.
      Estaban cenando una sopa de verduras y pan con aceite. Ana tenía su escudilla de madera en los labios y miró fijamente al esclavo por encima del borde del recipiente. Él sostuvo impertérrito sus fieros ojos. Ella no dijo nada y bajó, por fin, la mirada que posó en su comida.
      Urso continuó en tono sereno, como era frecuente cada vez que se decidía a tomar la palabra:
      —Si se te ocurriera escaparte, yo te encontraría. De eso no puedes ni debes tener ninguna duda, dado que me conozco la ciudad tan bien que podría recorrerla con los ojos vendados y tú no. Por supuesto, una esclava despistada llamaría mucho la atención y siempre habría algún conocido que me daría cuenta de ti. Y cuando te encontrara te encerraría hasta que regresara el amo y, te aseguro, que el castigo que se te aplicaría te quitaría las ganas de volver a intentarlo y, quien sabe si también una mano y un pie, más unas cincuenta tiras de piel de tu espalda por los azotes.
      Ana volvió a mirarlo. Intentaba inyectar en su mirada la frialdad de quien le importa muy poco lo que está escuchando, pero no lo consiguió. Debía reconocer que las palabras de Urso habían conseguido su objetivo: creía por completo lo que le estaba contando, palabra por palabra. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Intentó disimular volviendo a comer de su escudilla. Tomó dos tragos que le costó lo suyo pasar. Volvió a mirar al esclavo y le preguntó con un tono demasiado suplicante para su propio gusto:
      —Urso, ¿cómo voy a demostrar que soy una persona libre si no puedo salir, si no recuerdo de dónde procedo, si…?
      Hizo un gesto vago con las manos.
      El esclavo no contestó. Se limitó a mirarla con el semblante serio.
      Ana miró a Hipia y a Urso, ambos sentados frente a ella.
      —Me dijisteis que era un buen amo, que podía sentirme satisfecha por estar en su casa y no en otra.
      —Y así es –aseveró Urso.
      Hipia bajó la mirada.
      —Entonces por qué se porta así conmigo.
      No era una pregunta. Urso no contestó, sólo sostuvo su mirada.
      —No he hecho nada malo, solo he querido ayudar.
      Urso tampoco lo entendía, pero no tenía ninguna intención de darle la razón a esta mujer tan extraña. Nunca compartiría con ella las dudas que le habían surgido desde que había entrado en sus vidas, pero no encontraba explicación a que Marco fuera tan severo, sin motivo alguno, con ella. Había salvado a Hipia, había evitado la muerte segura de Cayo Galerio. Sí, cierto, se había abalanzado sobre el anciano de una forma un tanto brusca, pero precisamente esa rapidez en su actuación había evitado una desgracia que ninguno de los que allí se encontraban podría haber solventado como ella hizo.
      Sí, él tampoco entendía por qué esta mujer le gustaba tan poco al amo, sin embargo, así era.
      Suspiró con fuerza.
      —Lo mejor que puedes hacer es ocuparte de tus quehaceres lejos del amo –le dijo por fin Urso—, por lo menos hasta que se acostumbre a ti. Mientras tanto no te acerques, ni hables a las personas libres si no se dirigen a ti y controla esas miradas que lanzas llenas de odio o de desafío: ningún señor te lo tolerará. Hazte invisible y sobrevivirás.
      Ana sintió cómo la garganta se le cerraba por el llanto contenido a duras penas. No añadió nada más, pero no porque no tuviera algo que decir, sino porque no quería echarse a llorar sin control.
      Terminó su comida y con cada bocado se tragó sus lágrimas y su soberbia.
      Tres días más tarde todo cambió.
      Ana se encontraba dando de comer a las ovejas y a las cabras. Los ratos que dedicaba a esta labor le parecían de lo más grato, dado que estaba al aire libre y podía dejar su mente vagar sin rumbo. Eso era lo que sentía todos los días menos ése. Llovía torrencialmente y un vendaval sacudía su cuerpo de un lado a otro. Los animales estaban recogidos en un cercado y parcialmente cubiertos con un tejadillo de ramas, pero ella se encontraba a merced de la lluvia y el viento. Apenas podía abrir los ojos. Terminó de llenar los pesebres y se sacó el manto que se colocó estirado sobre la cabeza para poder abrir los ojos y ver por dónde caminaba, aunque iba encorvada y su caminar era muy costoso. Avanzó un buen trecho con enorme dificultad y entonces escuchó una voz; levantó la cabeza. Hipia le hacía gestos con las manos desde la puerta trasera de la casa. Ana intentó acelerar el paso, pero resbaló en dos ocasiones por lo que decidió fijar mejor los pies antes de intentar avanzar, así que caminó más lentamente. Cuando llegó a la casa le dolían enormemente las pantorrillas por el gran esfuerzo realizado al andar y estaba calada hasta los huesos. Hipia le hacía gestos impacientes, indicándole que se diera prisa. Ana no entendía a qué venía tanto aspaviento, no se había retrasado demasiado.
      —¡Estoy empapada y helada de frío!
      Hipia la tomó de un brazo y le susurró un rápido «date prisa, entra».
      Antes de entrar por la puerta lo oyó.
      El llanto de un bebé llenaba todo el espacio de la cocina. Ana se detuvo de golpe y agarró a Hipia de un brazo.
      —Date prisa, Ana, está muy enfermo –dijo Hipia y entró.
      Ana la siguió, dejando el manto empapado en un banco. En la cocina una joven mujer sostenía un menudo paquete de tela que se removía furioso, al tiempo que berreaba con todas sus fuerzas. Ana miró a Hipia asombrada; su gesto debía ser bastante elocuente, porque sin tener que formular la pregunta, la joven le respondió.
      —Se ha corrido la voz por la ciudad. Muchos saben que puedes curar lo que otros no pueden –señaló a la mujer con el niño—. Es una esclava de la familia Escribonia, que viven aquí cerca.
      —Mi hijo está enfermo desde hace una semana –terció la joven madre con lágrimas en los ojos—. No para de llorar y no come. Yo no puedo trabajar y mi ama me castiga. ¡No sé qué hacer! –Contuvo un sollozo, pero las lágrimas corrían como ríos por sus mejillas—. Ayúdale, por favor, o morirá.
      Le tendió el niño con ambos brazos. Ana dudó; miró a Hipia que le hizo un escueto gesto suplicante.
      —¿Y qué pasa con Urso?
      —De él me ocupo yo. Ayúdale —insistió Hipia.
      Sin apartar los ojos de los de Hipia tomó al pequeño que en ningún momento había dejado de llorar y lo posó sobre la mesa de la cocina. Abrió la manta y se encontró a un niñito que aún no tenía dientes y que agitaba manos y pies con intensidad. Su llanto era ya ronco y opresivo. Ana observó su garganta que aparecía intensamente roja, aunque sin otra alteración digna de destacar.
      —¿Cuánto hace que nació?
      —Tres lunas.
      La piel del pequeño ardía y estaba seca. Le dio un pellizquito en la piel de un bracito y el pliegue de la piel permaneció durante unos instantes antes de volver a su lugar. Hizo un gesto a la madre que sujetó al niño para que no se cayera de la mesa mientras ella se arremangaba la mojada túnica y se lavaba las manos con jabón y con vinagre. Se secó con cuidado utilizando un paño limpio y volvió junto al pequeño. Le metió un dedo en la boca y no hizo nada, sólo siguió llorando. Se mojó el dedo en miel y lo volvió a meter en la boquita del niño: al instante el niño cerró la boca y succionó, dejando al instante de llorar. El chasquido de su boquita sobre tan inesperado consuelo llenó el tenso ambiente de la cocina. Con el dedo siempre dentro de la minúscula boquita Ana siguió su exploración; le miró los ojos, que aparecían rojos, palpó los huesos del cráneo que aparecían separados y blandos donde debía ser, sin que la piel de la cabeza estuviera abombada en esos puntos, más bien al contrario: un poco deprimida.
      «Está falto de líquidos»
      Posó los dedos de su mano libre cerca de la oreja e inmediatamente el niño retomó su llanto con tanta o más intensidad que antes. Sacó el dedo de su boca y con ambas manos exploró el cuello del pequeño, la posible presencia de bultos y la movilidad. El llanto menguó un tanto. Apoyó los dedos a ambos lados de las orejas y el llanto alcanzó tal intensidad que Ana sintió cómo vibraban sus propios oídos. Giró al niño y le miró los oídos. Efectivamente, una supuración verdosa salía de uno de los conductos y se apreciaba al fondo del otro. Mojó nuevamente su dedo en miel y volvió a repetir la operación de antes con idéntico resultado. El bebé dejó de llorar. El silencio en la cocina se volvió agradablemente intenso. La lluvia seguía cayendo con fuerza, repiqueteando en el tejado y en el suelo del patio.
      —Tiene los oídos enfermos –sentenció Ana—. Como le duelen mucho no mama, porque para chupar tiene que hacer mucha fuerza con la boca y eso aumenta el dolor.
      Hipia y la joven madre la miraban como si Ana fuera una aparición. Ella lo interpretó mal.
      —Bueno, da igual que no lo entendáis. El caso es que, mientras que no se le pase el dolor, no comerá y también llora porque tiene hambre. Por eso prueba a ver si te puedes sacar la leche y se la das con una cuchara procurando darle poca cantidad para que no se atragante. Si no lo consigues, hierves leche de cabra y una vez tibia se la das. Dale de comer muchas veces al día, pero poca cantidad y ofrécele aunque no te lo pida. No le arropes tanto. Cúbrelo con algo más ligero o la fiebre no bajará y dale baños con agua tibia, ¡tibia, no caliente ni fría! Espero que lo entiendas…
      La joven asintió.
      Mientras hablaba, Ana seguía palpando diferentes partes del pequeño cuerpo, su tripa, las ingles, los genitales, las piernas.
      —Corta una cebolla y escurre el jugo en ambos oídos. Eso lo repites varias veces al día. Verás como le calma un poco. Prepararé un… brebaje con enebro o ajo o tomillo o lo que encuentre. Te lo daré más tarde y te diré cómo se lo das. Cuando los oídos le duelan menos volverá a mamar. Ahora –cogió al niño con mucho cuidado manteniéndolo destapado— vamos a darle algo de beber que está falto de agua.
      Se lo pasó a la madre que lo tomó entre sus brazos como si se tratara de un objeto sagrado, mientras que ella tomó leche de cabra, le añadió agua hervida y una cucharada de miel. Durante la siguiente media hora las tres se esforzaron para que el pequeño ingiriera parte de la mezcla; el pequeño al principio se resistió, quizá extrañado por la cuchara, pero al final la relamía y se tomó una buena cantidad, tras lo que se quedó dormido, posiblemente agotado. Ana explicó a la madre cómo limpiarle la supuración de los oídos y aprovechó para administrarle la primera tanda de jugo de cebollas.
      Cuando madre e hijo se fueron, Ana se sintió embargada de una placentera sensación por haber podido ayudar. Sonreía para sí misma mientras recogía los cuatro cacharros que se habían quedado fuera de su sitio en la cocina. Entonces se topó con la mirada de Hipia.
      —Cuando los esclavos enferman casi nadie les ayuda. Ese niño lleva enfermo varios días y sus amos ni se han enterado. Ella debe hacer su trabajo, no puede cuidar de su hijo. Si no cumple con sus obligaciones la castigan.
      —No sé por qué me dices eso.
      —Varios me han preguntado si tú podrías…
      Ana estaba limpiando la mesa con unos paños. Las palabras inconclusas de Hipia le aceleraron el corazón.
      —Si yo podría, qué.
      —Si tú podrías, tal como has hecho hace un momento, verlos y decirles cómo pueden curar sus males.
      Ana suspiró simulando un fastidio que no sentía. Se dirigió a la leñera e Hipia la siguió; tomó una túnica limpia y comenzó a cambiarse mientras hablaba:
      —No me apetecería que Urso…
      —A Urso ya te he dicho que me lo dejes a mí –cortó nerviosa Hipia.
      —¿Y el amo?
      Ana fijó sus ojos en los de Hipia que dudaba su respuesta. La pausa le resultó muy larga.
      —Esa gente necesita ayuda –dijo Hipia por fin sin responder a su pregunta.
      —Estoy de acuerdo, Hipia, pero yo no me voy a arriesgar…
      —El amo no tiene porqué enterarse. Casi siempre está fuera, como ahora.
      —Y cuando él esté en la casa no ayudo a nadie ¿es ese el plan?
      Hipia negó con la cabeza sin añadir más.
      Unos pasos resonaron en el patio. Ambas volvieron la cabeza al mismo tiempo en dirección a la puerta. Unos tímidos golpecitos en la madera anunciaron la trémula voz de un hombre.
      —¿Hipia? ¿La mujer sanadora me escuchará ahora?
      La esclava miró nerviosa a Ana antes de acercarse a la puerta. Ésta se encontraba en un ángulo de la cocina en que podía observar el escorzo del hombre sin ser vista. Por supuesto, él no había reparado en su presencia.
      — Nicio, lo siento, pero… —empezó a excusarse Hipia con voz trémula.
      —Dile a ese hombre que pase. Lo veré –a Ana le pareció que su propia voz sonaba demasiado estridente.
      Hipia contuvo a duras penas la sonrisa que pugnaba por dibujarse en su rostro, una sonrisa que reflejaba gratitud, alegría y satisfacción a partes iguales.
      Por su parte, Ana suspiró. Aunque se alegraba de poder cumplir con su propósito de ayudar a los demás, no podía evitar cierto desasosiego. Se habría quedado más tranquila si Hipia le hubiera asegurado, como lo había hecho respecto a Urso, que del amo se ocupaba ella. Sabía, con una certeza absoluta, que terminaría enterándose y que llegado ese funesto momento le responsabilizaría a ella y no a Hipia.
      A partir de ese día, Ana, tras cumplir con sus obligaciones domésticas que no se habían reducido en nada, veía unos seis o siete esclavos por jornada, a veces más, pero nunca menos. Todos y cada uno de ellos, hombres, mujeres y niños, entraban convencidos de que la sanadora les solucionaría su problema y casi todos veían cumplidas sus expectativas. A los que no podía curar les ayudaba con diversos paliativos o medidas que les acomodara o que disminuyera su padecer. A todos los trataba con cuidado y les proporcionaba palabras de consuelo. En una semana todos los esclavos de Hispalis sabían de ella, de la sanadora, y hablaban de su persona con la veneración que se le dedicaría a una diosa.
      Hipia cumplió su palabra y Urso no puso ninguna objeción a su nueva actividad, entre otras razones porque el amo estaba fuera y, sobre todo, porque Hipia se lo suplicó. Incluso, pasados unos días, tuvo que ocuparse de buscar para Ana diversas hierbas, hojas y especias en los mercados y en los campos cercanos para que ella pudiera elaborar sus mejunjes y brebajes.
      En la ciudad todos comentaban lo excepcional de esta extraña sanadora de saber casi infinito que podría desbancar a cualquier médico conocido. Crito se hizo eco de los rumores aunque no se sintió en absoluto sorprendido; supuso que eso terminaría sucediendo, porque él había visto con sus propios ojos cómo la nueva esclava de Marco Galerio arrancaba a Cayo Galerio de las zarpas de la Parca con sólo dos sacudidas en su tripa. Esta mujer tenía un conocimiento en materia médica que nadie más poseía y sólo era cuestión de semanas que su fama corriera por toda la provincia Ulterior o incluso, más lejos.
      Esta situación ya no tenía posibilidad de volver sobre sus pasos; ninguno de los tres esclavos del noble Marco Galerio Celer dejaba de preguntarse cada noche, acostado en su jergón y antes de conciliar el sueño, qué pasaría cuando el amo volviera.