domingo, 27 de noviembre de 2011

SANATIO: Capítulo VIII


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Tierras de lusitanos y vetones

El frío era muy intenso. La lluvia había dado paso a la nieve un par de horas atrás; un manto blanco se dispuso a cubrir los montes y el bosque que quedaba a sus espaldas empezó a encanecer sus copas. Los caballos piafaban inquietos y por sus ollares salía su respiración convertida en columnas de nubes blanquecinas. Aún faltaban algunas horas para que anocheciera, pero la nieve impedía una marcha ligera como era su intención. Le habría gustado avanzar unas millas más, aunque consideró más oportuno acampar donde estaban, fundamentalmente por la proximidad del río y la situación elevada de un pequeño cerro bastante amplio, idóneo para sus necesidades defensivas. Marco Galerio hizo una seña a su centurión, Aulo Emilio.
      —Vamos a acampar aquí, dispón todo.
      —Como ordenes, tribuno.
      El centurión levantó el brazo derecho a modo de saludo y giró su montura en dirección al resto de jinetes, al tiempo que gritaba sus propias órdenes a sus hombres. Inmediatamente se escuchó un reguero de voces según se iban transmitiendo a lo largo de la columna de jinetes. Había partido de Hispalis siete días atrás con dos turmas, es decir, unos sesenta hombres de la caballería de su legión. Estaba conformada esta unidad por legionarios, los pocos que restaban en los ejércitos de Roma que no fueran infantería, dado que ya se estaba optando por configurar las unidades de caballería en lo que se denominaba auxilia, es decir, con indígenas. Sin embargo, su ala estaba integrada por ciudadanos romanos, aunque originarios de las provincias, fundamentalmente galos e hispanos, cuyas tierras estaban ampliamente romanizadas. En las legiones, el papel de la caballería era siempre secundario y sus funciones básicas consistían en servir de apoyo a las unidades de legionarios de a pie o de exploración de terrenos o enemigos. Y éstas eran las que les habían hecho llegar a tierras lusitanas.
      El portaestandarte clavó la insignia de su ala en el suelo, en el punto central de lo que iba a ser su campamento eventual. Inmediatamente, los algo más de sesenta hombres cavaron un foso delimitando el perímetro cuadrangular del mismo; acumularon la tierra extraída a lo largo del propio foso dándole forma de repecho elevado, formando así un parapeto defensivo en el cual se clavó una empalizada realizada con recias ramas obtenidas del cercano bosque junto con las gruesas varas que los hombres portaban a diario en su equipo, configurando lo que se conocía como vallum, un vallado netamente disuasorio, con los picos de las varas apuntando a un posible enemigo. En la zona central del recinto se levantaron las tiendas, de planta redonda, confeccionadas en piel de cabra, distribuidas de forma cuadrangular reservando un pequeño espacio vallado para las monturas. Una vez terminado el trabajo de montar el campamento, en lo que se llevaron algo más de dos horas, se repartieron las guardias y se nombraron los centinelas. Se encendieron los fuegos y se prepararon los alimentos tanto para los hombres como para las monturas.
      Marco Galerio, en su tienda, se reunió con su centurión y los decuriones para establecer el plan que llevarían a cabo para cumplir con su misión. Ésta era doble: por un lado posibilitar el acceso a la ruta hasta Salmantica[1] para poder, en primavera, facilitar la construcción de una calzada desde Vicus Caecilius[2], calzada que permitiría el acceso de las tropas romanas desde el sur hasta las regiones del norte: Astúrica y Gallaecia. Para ello debía establecer comunicación con diversas poblaciones indígenas: vacceos, vetones y lusitanos, cuyos vici u oppida se encontraban ubicados en esos territorios; no eran beligerantes, pero tampoco cercanos y era necesario negociar para evitar futuros problemas. Por otro lado, y quizá la misión más importante, Galerio buscaba reunirse con el jefe de una tribu lusitana que controlaba los montes interiores, Mons Herminius[3], al noreste de Olisipo. Se trataba de gente aliada a Roma pero cuyas poblaciones apenas tenían reflejo de la nueva cultura ni de su modelo de ciudad ni de administración. Algunos hablaban latín e, incluso, hacían circular la moneda oficial en Roma por sus poblaciones, pero no se mezclaban aún con sus ciudadanos. Entre otras virtudes destacaban como magníficos comerciantes, papel que combinaban a la perfección con la formación de guerreros de gran valía, jinetes que sembraban el terror ante cualquier enemigo con su sola presencia, fieros, ágiles, mortíferos. Estos lusitanos se decían y se consideraban a sí mismos como descendientes directos del mítico Viriato, nacido en esos montes, el pastor de ovejas que puso en jaque a la antigua República de Roma durante demasiado tiempo, según el punto de vista romano, y que sólo pudo ser reducido por la traición de sus propios hombres[4]. César también se enfrentó muchos años después con estos guerreros lusitanos que copaban los montes. Tras reducirlos, les obligó a establecerse en las llanuras y abandonar las montañas. Hasta ese momento habían respetado esta imposición, pero ello no impedía que camparan a sus anchas por los territorios que siempre habían controlado. Al fin y al cabo consideraban que eran sus tierras.
      Marco Galerio despachó con sus suboficiales y dispuso que dos mensajeros se dirigieran al oppidum de Aeminium[5]. Era consciente que, con este temporal, tardarían más de una jornada, tiempo más que suficiente para que él pudiera llegar con su caballería al punto donde debía reunirse con Cayo Ulpio y sus hombres. Galerio se encontraba con sus dos turmas cerca de Civitas Igaeditanorum[6] y aún debía llegar hasta el punto de reunión, cerca del río Zêzere, donde Ausa, jefe lusitano, solía enviar a sus hombres al mando de su primogénito, Césaro, para entrenar jinetes y caballos y, por qué no, rapiñar entre las nacientes ciudades romanas y sus florecientes campos. A cambio de que les dejaran correr a sus anchas por estas tierras, ellos prestaban apoyo militar a los romanos siempre que se lo solicitaban, lo que les permitía participar en los repartos de botín que cada final de campaña se llevaba a cabo. También era frecuente que los jinetes lusitanos se decantaran por alistarse en las tropas auxiliares de las legiones de Roma, ya que al final de su servicio obligatorio, a veces no menor de veinte años, siempre obtenían de Roma su reconocimiento como ciudadanos romanos y quizá algún lote de tierra donde asentarse y trabajar.
      Cayo Ulpio, a su vez, había salido el mismo día que Marco desde Hispalis hacia Complutum[7], para solventar una pequeña revuelta civil que se había ocasionado con motivo de la recaudación de ciertos impuestos extraordinarios con vistas a la más que probable campaña en la Ulterior prevista para el inicio del año siguiente. Ulpio se reuniría después con él en el punto convenido, en tierras lusitanas. Ambos tribunos buscaban que Césaro aceptara, por orden de su padre, reunirse con ellos y pactar su participación en dicha campaña. La necesidad de reunirse los dos tribunos en esas tierras radicaba en que estas gentes no dominaban el latín y, sin embargo, Ulpio controlaba a la perfección su extraña jerga. Ausa y su hijo siempre habían sido amistosos frente a los intereses romanos, pero su resistencia y empecinamiento a rechazar todo lo que procedía del que no consideran otra cosa que un invasor, dejaba en dudas que sus reuniones no pudieran terminar en un intento desesperado de acabar con los soldados de Roma. Las dos turmas de Marco Galerio más las cohortes de Ulpio serían suficientemente convincentes y expeditivas por sí mismas para frenar los posibles impulsos beligerantes del impredecible Césaro. Por otro lado, si aceptaban a participar con los romanos, los jinetes de Césaro y éste mismo estarían a las órdenes de Marco Galerio y no aceptarían negociar con otro que no fuera él. Se conocían de otra vez, cinco años atrás, cuando el jefe lusitano aún era un joven casi imberbe e inexperto.
      Marco Galerio se puso su manto y salió a respirar fuera de su tienda cuando el sol hacía ya varias horas que se había puesto. Las nubes se habían despejado en parte y el cielo aparecía extrañamente hermoso, tapizado con un blanquecino manto de ovejunas nubes que abrigaba el negro tapiz del cielo tachonado por infinidad de estrellas de diverso brillo e intensidad. En algún punto del campamento se llevaba a cabo el cambio de guardia vigilae en ese momento y los hombres de la ronda caminaban con pasos amortiguados por la capa de nieve, al tiempo que voces quedas se transmitían el turno y las consignas. Galerio había intentado sin éxito conciliar el sueño. Necesitaba una copa de vino, la necesitaba tanto como respirar, pero cuando se encontraba en alguna misión propia de su cargo, no bebía jamás, dado que no se podía permitir que nada nublara su juicio o alterara su razón; para poder sobrevivir era necesario estar siempre alerta y fresco. En las últimas semanas, desde que la esclava había entrado en su casa y Ulpio había vuelto a su vida, el sueño le rehuía como un carnero al matadero. Esa mujer había sacado de su interior lo más oscuro que llevaba dentro y no lo podía controlar; cuando pensaba en ella una extraña inquietud, un enervante desasosiego se hacía dueño de su escasa paz. A veces tenía la sensación de que había cometido un enorme error al meterla en su casa. Y Ulpio. Ulpio le había devuelto a unos años que creía haber conseguido enterrar para siempre jamás. Había abierto la puerta de secretos que no podía, que no debía volver a abrir.
      Cerró los ojos y una vez más la vio.
      Aquella bella mujer de noble nombre y cuna.
      El aire frío de la madrugada le acarició el rostro y le susurró su nombre.
      Marcia.
      Miró el cielo, fijó los ojos en las hermosas estrellas con desesperación.
      Su nombre le martirizaba, sus ojos volvían una y otra vez para aguijonearle las entrañas; sus labios, que nunca besó, le requerían con ansiedad; su boca, en la que nunca bebió, se abría para él, le regalaba su risa. La noche le traía su perfume. Marcia. La hermosa, malévola, Marcia. La pérfida loba de sus más espantosas y dulces pesadillas.
      Marco cerró los ojos con fuerza ordenando a esos ojos que dejaran de mirarlo, de atormentarlo. Que sus labios no pronunciaran su nombre. Conminó a su recuerdo que volviera a su tumba.
      Unos gritos animales cortaron el silencio de la noche.
      Levantó la vista y escudriñó la oscuridad más allá del parapeto de vallas. Los gritos se repitieron un poco más lejos. Marco se abrigó y caminó hacia los fuegos que determinaban la presencia de la guardia. Tres hombres bebían caldo caliente hecho con verduras; otros diez realizaban la ronda alrededor de todo el perímetro interior del campamento. Los soldados de guardia se turnaban para hacer la ronda y los que paraban frente al fuego aprovechaban para calentarse por dentro y por fuera. No se sorprendieron al ver acercarse a su tribuno. Se pusieron en pie y levantaron el brazo al tiempo que lo saludaban con respeto. Galerio tenía por costumbre acercarse a sus hombres cuando se hallaban de campaña, procuraba conocerlos por su nombre e interesarse por sus problemas cotidianos. Era importante que los legionarios se sintieran cercanos a su jefe lo que permitía siempre que su obediencia no fuera sólo consecuencia de su rango, debía ser producto de una fidelidad y de una confianza ciega en su superior. Esto lo había aprendido del mejor general que había existido en todos los tiempos, de Julio César. Aún podía recordarlo, cuando no era más que un novato, en las muchas campañas que conformaron la guerra de conquista de las Galias, cómo se paseaba por el campamento saludando hasta al último legionario, a muchos llamándolos por su nombre y recordándoles su origen, animándolos ante su incierta suerte en la batalla y solicitando su fuerza y su arrojo ante el enemigo. Quizá eso fue una de las cosas que lo hizo tan grande, tan poderoso en el campo de batalla: que sus legiones eran capaces de morir por él, los llevara a dónde los llevara. Por supuesto, Marco Galerio era consciente de que jamás podría llegar a ser como el ya mítico conquistador de las Galias y dictador –tras ser el único vencedor de la guerra frente a los pompeyanos—, pero en su pequeño círculo, en su ala, él procuraba conocer a todos sus hombres y compartir con ellos las comidas y algunas guardias, como esa noche hacía. A cambio, tenía su respeto que el valoraba como el mejor tesoro que poseía.
      Marco se sentó y sus hombres, lo imitaron. Charlaron desenfadadamente en tono bajo. Inmediatamente entre sus manos alguien colocó una escudilla con caldo humeante y aromático que bebió agradecido. El grito, un gruñido más bien, se repitió. Al poco, otro lo replicó.
      —No es un animal –dijo en un susurro el legionario Minicio Justo, de origen galo, leyendo el pensamiento de todos—, creo que nos están vigilando. Se comunican entre ellos, por eso se oyen tan cercanos.
      —No se aproximan, sólo vigilan –susurró Septimo Crito—. Quizá se trate de los lusitanos.
      —Quizá, pero no lo creo –respondió no muy convencido Marco Galerio, reservándose por ahora sus sospechas—. Mantened los ojos bien abiertos. Pero sobre todo que no se den cuenta de que sabemos que están ahí fuera. En cuanto los gritos se escuchen más cercanos, sin dudar, despertad a los demás.
      Los hombres asintieron en silencio. Marco apuró el caldo de su escudilla y se levantó. Los otros le imitaron.
      —Gracias por la invitación.
      Marco volvió a su tienda. Era mejor intentar descansar un poco. Algo en su interior le decía que no iba a ser una misión sencilla. Se detuvo en la tienda del centurión, que aún estaba despierto, y le ordenó que reforzara la guardia y que hiciera rondas externas. Era conveniente en esas circunstancias ser precavido y, si les estaban vigilando, mejor hacerles ver que estaban listos para responder en cualquier momento. Aulo Emilio no se demoró en obedecer, ni pidió explicaciones: él también había escuchado los extraños gritos animales.
      —Pero –añadió con una sonrisa cansada Emilio—, creo que lo que pretenden los que están ahí fuera es precisamente eso, hacernos entender que no estamos solos.
      Marco no contestó y se fue a su tienda.
      Antes del amanecer se pusieron en marcha no sin antes desmantelar el campamento. Avanzaron a buen ritmo gracias al hecho de que no les llovió ni nevó en todo el camino. Marco Galerio ordenó enviar una pequeña patrulla de exploración, formada por tres de sus mejores hombres, originarios de Castulo, que se fueron turnando para informar de sus hallazgos. Corroboraron que, efectivamente, un grupo de hombres les seguían. Intentaban esconder bien sus pasos, pero los expertos ojos de sus jinetes pudieron localizarlos sin ninguna duda. Su actitud indicaba que, por ahora, sólo vigilaban su camino y que el número de hombres iba aumentando según avanzaban. En uno de los avances de sus hombres, éstos no retornaron solos. Venían acompañados de otros dos jinetes: uno indígena, mensajero de Césaro y el otro romano, hombre de Ulpio. El campamento del caudillo lusitano se encontraba cinco millas más al norte y le informaba que le esperaba junto con el tribuno Ulpio que había llegado la jornada pasada.
      Marco Galerio aumentó el ritmo de la marcha de sus jinetes. Estaban demasiado cerca de las tierras de los astures para estar tranquilo con tan pocos hombres y suponía que alguna tribu de esas tierras debía de ser la que había seguido sus pasos.


[1] La actual Salamanca
[2] Se trata de un enclave que se ubicaría en el actual Puerto de Béjar, provincia de Salamanca; en este punto Quinto Cecilio Metelo Pío, entre los años 79-78 a.C., construyó un campamento romano tras alargar la calzada romana, conocida hoy como Vía de la Plata desde Castra Cecilia, la actual ciudad de Cáceres.
[3] Sierra de la Estrella, Portugal.
[4] Los tres traidores que dieron muerte a Viriato tras ponerse de acuerdo con los romanos eran oriundos de Urso, la actual Osuna, en la provincia de Sevilla
[5] La actual Coimbra, Portugal.
[6] Idanha a Velha, Portugal.
[7] Alcalá de Henares, en la provincia de Madrid.

sábado, 19 de noviembre de 2011

RESEÑA DE «A TRAVÉS DEL PASADO» EN EL BLOG "TABERNA LIBRARIA"

Esta tarde he de cortar un momento el hilo de la historia de Sanatio para contaros algo relativo a mi otra gran joya de la literatura -porque para mí todos mis libros lo son-, de A TRAVÉS DEL PASADO, novela policíaca, novela negra o thriller, como mejor os parezca, porque en todos los géneros se puede clasificar.

La autora del Blog de Literatura, TABERNA LIBRARIA, Esperanza Redondo, se ha leído mi novela en el ordenador en la versión on-line gratuita que tengo en LibroVirtual.org y ha escrito una reseña. Por supuesto, no me lo esperaba y os podéis imaginar la sorpresa que me he llevado cuando ella misma me lo ha dado a conocer. Paso a dejaros el enlace de la reseña que podéis leer en su blog, no me atrevo a transcribirla aquí porque es su blog y no me ha dado permiso para ello.

Os recuerdo que mi novela está disponible en Bubok y en Lulú y que podéis ver en el apartado MIS NOVELAS, de este blog, pero recordad que yo lo vendo un pelín más barato vía correo certificado, con gastos de envío incluidos a contra reembolso o por pago en Paypal. Mirad el menú lateral de este blog.

Y, por ahora, nada más

jueves, 17 de noviembre de 2011

SANATIO: Capítulo VII


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Capítulo VII

 Esa mañana amaneció fría pero muy soleada. Hipia la llamó más temprano de lo habitual para empezar a preparar las viandas que conformarían la cena que celebraría el amo al día siguiente con dos invitados de la familia, según le explicó. La esclava estaba agotada. Su paseo por la noche se había alargado más de lo previsto y el tiempo que había conseguido conciliar el sueño había estado plagado de pesadillas de las que apenas recordaba algunos retazos sueltos. Rostros cubiertos, luces cegadoras, agujas clavadas en su carne. Sacudió la cabeza intentando despejarse y olvidar la angustia de sus terribles sueños. Recordó la incómoda situación en la que se vio envuelta, sin querer, con el amo. Le angustiaba la idea de volver a verlo, de enfrentarse a su mirada. No se podía imaginar cómo reaccionaría él, pero ella prefería hacerse a la idea que había sido un sueño o que, mejor aún, nunca había pasado. Iba a ser un largo día de duro trabajo. Se lavó y se aseó con el agua que Urso había puesto a calentar cuando se levantó, aunque ella prefirió añadirle más agua fría a ver si así se libraba del manto pesado que la agobiaba. Se mojó el cabello que ya iba creciendo y cubriendo el enorme costurón de su cabeza. Desayunó un poco de leche tibia y una pera y tomó el cesto de ropa sucia que Hipia le tendió.
      —Baja al arroyo y la lavas.
      —¿Cómo?
      —Mujer, ¿no sabes lavar ropa?
      La esclava no supo qué decir. Sabía lavar ropa, pero no sabía lavar ropa en un arroyo y suponía que debía ponerle algo para quitarle la suciedad. Hipia suspiró y contuvo como pudo el torrente de comentarios airados que se agolpaban tras sus labios. Se acercó a la cocina y llenó un cuenco de madera viejo con cenizas.
      —Moja cada prenda en el agua del arroyo, le echas un poco de ceniza en donde haya manchas y frotas. Debes tener cuidado de no remover demasiado el fondo del arroyo, porque si no, se levantará tierra que se quedará prendida en la ropa. Escurres bien todo y lo extiendes sobre los arbustos. El sol hará el resto.
      La mujer tomó el cesto y el cuenco con cenizas y procurando que no se le cayera nada al suelo salió al patio. En cuanto salió al aire libre se le cortó la respiración, el frío era muy intenso. Dejó todo en el suelo y entró de nuevo para buscar su chal. Cuando llegó a la puerta de la leñera se detuvo en seco. Sintió un intenso rubor en su rostro. Se lo había dejado en el triclinio la noche pasada. Hipia se acercó por detrás:
      —No se te olvide abrigarte, esta mañana hace mucho frío.
      La esclava se volvió y vio su chal doblado sobre un taburete de madera en la cocina; no tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí. Abrió la boca dispuesta a preguntarle a Hipia, pero inmedia- tamente la cerró, cambiando de idea. «Mejor no decir nada y dejar todo como está», pensó. Lo cogió, se lo echó sobre los hombros y salió corriendo.
      Pasó dos largas horas luchando con el agua, la arena del lecho del arroyo y las cenizas. El resultado fue lastimoso. Las manchas se difuminaron un tanto aunque no desaparecieron. Con el agua fría las manos se le congelaron, se le enrojecieron y se le llenaron de heridas y raspaduras de tanto frotar, por lo que llegó un momento en que la ropa tenía más manchas de sangre que de suciedad. Los ojos se le llenaron de lágrimas por el dolor, la desesperación, la impotencia. Escurrió como pudo la ropa y la puso a secar en los arbustos tal como Hipia le había indicado. Se lavó las manos en el arroyo y se las tapó con el chal de lana. Le dolían espantosamente. Se encaminó a la casa. Cuando llegó no vio a nadie. Quizá Hipia había salido a algún recado. Desde el accidente había notado que confiaban más en ella y que, cada vez con más frecuencia la dejaban sola. Se cubrió las heridas con aceite y se sentó en un banco.
      Una idea se abrió camino en su mente. Sonrió.
      Hipia había reservado las cenizas del hogar en una cesta de esparto mientras en la cocina se quemaba leña nueva. Cogió la cesta y salió al patio. Encontró junto al horno un recipiente de barro parecido a una artesa. Parecía abandonado por viejo. Lo tomó. Buscó paja y llenó el fondo del recipiente. Se fue corriendo a la cocina; llenó una olla de agua y la puso al fuego. Cuando estuvo más que templada, humeante pero sin llegar a hervir, la retiró del fuego y salió con ella al patio. Se arrodilló junto a la artesa y le echó la mitad del agua; removió con un palo y empezó a echar las cenizas, removió más y echó el resto del agua, mezcló otra vez y echó el resto de cenizas. Se formó una pasta oscura y el agua adquirió una consistencia espesa. Lo cubrió con un lienzo y lo puso bajo un repecho, cerca del horno. Si la idea que de repente se había abierto camino en su cabeza no le engañaba, al día siguiente, cuando revisara la mezcla y la colara desechando la parte sólida, tendría una especie de lejía que podría utilizar no sólo para aclarar la ropa y quitarle las manchas más difíciles, sino que sería la base necesaria para poder fabricar jabón, una vez que lo mezclara con aceite o grasa.
      Cuando terminó con su experimento aún Hipia no había regresado, así que corrió nuevamente al arroyo. Revisó la ropa que aún no se había secado, dado el frío que hacía y que el sol iluminaba hasta cegar pero no calentaba. Miró a su alrededor. Encontró varias piedras, ocho o nueve, de tamaño considerable y un poco aplas- tadas; corrió arroyo abajo hasta la zona en que comían las cabras y ovejas dentro del cercado. Cogió una brazada de paja y volvió a donde tenía las piedras. Eligió una zona del arroyo en la que la inclinación del terreno fuera menor y colocó las piedras en línea, en sentido transversal al torrente del agua, sin llegar a la otra orilla, de tal forma que el agua se viera parcialmente retenida, pero no estancada. Puso puñados de paja entre las piedras y en la parte interior del pequeño dique, apretándola con barro y encima otra pequeña fila de piedras, más paja y más barro. Buscó en el lecho del río y escogió todos los cantos rodados que encontró, hasta que formaron una pequeña montaña. Se acercó a su pequeño lavadero y cubrió el fondo arenoso con los cantos, de tal forma que cuando acabó había empedrado el mismo y apenas sobresalía tierra. Cuando acabó tenía un pequeño remanso de agua que le permitiría meter las prendas de ropa sin que se llenaran de arena. Observó con satisfacción su obra, consciente de que en primavera cuando llegara el deshielo, la fuerza del agua se lo derribaría, pero hasta ese momento tendría un pequeño lavadero que facilitaría la que sabía que desde ese mismo día era su nueva labor en las tareas domésticas de la casa.
      Cuando regresó a la casa, Hipia estaba preparando la mesa con un montón de viandas para empezar a guisar y la esperaba con una sonrisa, para que le ayudara.

Cayo Galerio y su esposa Domitila eran muy conocidos en la ciudad de Itálica. Cayo Galerio era hermano de Marco Galerio, padre. Como él, había comenzado su carrera en el ejército, pero sufrió graves lesiones tras una de las campañas de César en la Galia y hubo de retirarse después de casi diecinueve años de servicio. Tras licenciarse, la idea de volver a Roma no le atraía dado que su familia había visto reducidas considerablemente sus posesiones, por lo que decidió quedarse en la provincia que más prometía en aquellos días: la Ulterior. Vivió en varias ciudades, sobre todo en Corduba, en Gades y en Itálica. En esta última fue donde conoció a Domitila.
      Hija de un destacado senador de Roma, Domitila se había casado muy joven con uno de los legados de Pompeyo; vivía en Itálica cuando los ciudadanos se levantaron contra Casio Longino y ella ayudó económicamente aparte de los hombres que se rebelaron contra el nefasto legado de Julio César. Cuando las últimas campañas de la guerra civil tomaron forma en Hispania, ella se decantó definitivamente por el bando cesariano, el bando que su instinto le aseguraba iba a resultar ganador y al que apoyó con su fortuna sin dudarlo un instante. Se quedó viuda tras el asedio de Ulia[1]. No habían tenido hijos y estaba sola. Se disponía a volver a Roma cuando conoció a Cayo Galerio. En un mes estaban casados; ella aportó una importante fortuna y las tierras con las que su difunto esposo se había hecho a lo largo de su servicio en Hispania, así que él se pudo dedicar a lo que siempre le había gustado: escribir. Sus poemas eran bastante conocidos y sus obras dramáticas se representaban en los teatros de las ciudades más importantes. Se les consideraba, en Itálica y en todas las ciudades cercanas, una pareja de excéntricos, dado que no acudían a cenas sociales ni a fiestas, ni vivían con ostentación aunque el dinero lo tenían a espuertas. Todos rumoreaban que él estaba loco y que ella lo drogaba para evitar que se le escapara por las noches. Sin embargo, lo único verdad era que se querían, les gustaba mucho estar juntos y no les atraía la estricta vida social de los ciudadanos romanos.
      —Espero que en esta velada no hablemos de política –dijo el anciano Galerio.
      Cayo Galerio sostenía su copa de vino mientras observaba con mirada golosa las viandas que Hipia había ido colocando en las mesas, eligiendo con la mirada y haciendo un esfuerzo en decidir por cual comenzaría. Como la tarde era magnífica y el sol aún lucía con cierta fuerza, Marco había decidido que comenzaran la cena en el peristilo hasta que el frío invadiera la noche; entonces se trasladarían al triclinio. Tumbados alrededor de las mesas se encontraban Crito, el médico, Cayo Ulpio y Marco Galerio, aparte de Domitila y Cayo Galerio. El anciano matrimonio se había hecho acompañar de dos de sus esclavos, tan viejos como ellos, que les atendían en silencio. Urso e Hipia atendían a los otros dos invitados y a su amo. Los cuatro se movían como cuatro sombras, diligentes, anticipándose a cualquier deseo de los comensales. Llenaban copas, servían platos, traían viandas de la cocina.
      —No te preocupes, Cayo –dijo Ulpio—, estamos menos interesados que tú en ese tema. Nuestra vida incluso depende de ello y esta velada preferimos disfrutar de vuestra compañía y no recordar que nuestro futuro es incierto. A parte, le debemos un respeto a nuestra única dama.
      Domitila inclinó su cabeza con extrema gracia en dirección a Ulpio, como muestra de reconocimiento por sus palabras.
      Crito se encontraba sentado en su lectus y sostenía un plato lleno de pescado marinado con garum. Masticaba a dos carrillos y cada poco daba pequeños sorbos a su vino. Con la boca llena sonrió y dijo:
      —¿Sabéis que Marco ha comprado una esclava nueva?
      Todas las miradas se dirigieron a Marco Galerio que observaba con detenimiento su vino y que apenas probaba la comida.
      —La compró moribunda en Gades –continuó Crito tras tragar un bocado— y los dioses han hecho un milagro con ella dado que se ha recuperado tras muchos días enferma. Pero no recuerda quién es ni de dónde; por no recordar, no recuerda ni su nombre. Habla una extraña lengua, aunque conoce bastante bien nuestro idioma. Es una misteriosa criatura sin duda, más aún porque parece que domina el saber de los sanadores.
      Domitila y Cayo Galerio se sentaron en sus triclinios sonriendo hacia Marco. Ulpio permanecía tumbado boca arriba sosteniendo su copa en el pecho y un brazo tras la cabeza, postura que decía mucho de lo informal de la reunión.
      —¿Cómo es eso? –dijo Domitila.
      Crito dejó su plato en la mesa y tomó la copa de vino, le dio un pequeño sorbo y continuó.
      —Hace unos días, Hipia, tuvo un accidente en el pequeño huerto del patio. Se clavó una hoz en un muslo –murmullos contenidos de consternación volaron a su alrededor procedentes del matrimonio—. Fue una herida grave, letal si no la hubiera ayudado de forma muy diligente nuestra misteriosa esclava. No sólo evitó que muriera desangrada, sino que le cosió la herida y ha sabido evitar que nocivos humores la posean. Hipia se recupera perfectamente y sin complicaciones –Cayo y Domitila dirigieron sus miradas hacia la interpelada que simuló no estar atenta a las palabras del médico mientras servía vino a Marco—. La nueva esclava es una mujer muy interesante. Me ha contado Urso que con cenizas y agua ha fabricado un líquido que limpia la suciedad de la ropa y que también ha utilizado esta mañana para fabricar jabón.
      Cayo Galerio se sirvió más vino con gesto grave.
      —No será una de esas mujeres que convocan a los poderes del Hades.
      Marco Galerio sonrió con ironía.
      —No lo creo, estuvo a punto de morir atada a una jaula. Si tuviera ese poder habría sido liberada por misteriosos elementos y no por mi escaso dinero.
      Domitila se apoyó en un brazo sobre su triclinio en dirección a su anfitrión.
      —¿Por qué la compraste, Marco?
      —Porque me lo pidió Urso.
      —¿Sólo por eso te gastas el dinero en algo que puede ser un cadáver mañana?
      —El desembolso fue pequeño.
      —No sólo es lo que pagues en un inicio, sino lo que te puede costar después. Porque los esclavos comen, visten y calzan y eso cuesta más dinero aún. Y si ha estado postrada hasta que se ha recuperado, no te ha sido de ninguna utilidad en la casa, más aún, ha sido una enorme carga para los otros esclavos.
      —Ahora sí es muy útil. Ayuda a Hipia y Urso y es muy ingeniosa, como te ha contado Crito.
      —¿Por qué no la vendes? –Preguntó Ulpio con la boca llena; se había sentado y comía uvas con queso— ¿Por qué no me la vendes a mí?
      Marco sonrió.
      —¿Qué interés puedes tener tú en esa mujer?
      —Bueno, es una mujer y tendrá lo que todas la mujeres –sonrió—. Seguro que le encuentro importantes quehaceres en mi humilde morada.
      Todos rieron, excepto Marco que sonreía con sarcasmo.
      De repente, Cayo Galerio se llevó la mano a la garganta.

La esclava permanecía en la cocina trabajando sin cesar; colocando comida en las bandejas, lavando frutas, llenando jarras con aromático vino. Hipia le había dicho que aún su aspecto no era demasiado saludable para presentarse ante el amo y ante invitados importantes, aparte de que no sabía moverse entre los comensales sin molestar. Sí, sin lugar a dudas el mejor lugar para ella, por ahora, estaba en la cocina. La esclava era consciente de que debía obedecer pero lo hacía a regañadientes. Sentía curiosidad por ver qué aspecto tenían los invitados del amo de los que sólo conocía al médico, Crito. Le caía muy bien ese hombre de exquisitos ademanes y cuidadas manos. Sus bonitos ojos color miel la observaban con aprecio, sobre todo cuando esa misma mañana vio la cura que había llevado a cabo con la enorme herida de Hipia. Le hizo innumerables preguntas sobre cómo había actuado, qué había hecho, en qué orden, por qué había hervido los utensilios y la aguja de coser, por qué había dejado una tira de lino sobresaliendo de una de las comisuras de la herida, tira que cada día extraía un poquito y que al cuarto retiró del todo. Por qué había cosido la piel de esa forma, con puntos independientes y no mediante un hilo corrido. Las preguntas las hacía con suavidad y la esclava apreció que, según iba satisfaciendo su curiosidad con sus respuestas, la miraba con algo parecido al respeto.
      —Sabes muchas cosas. Un día que yo tenga más tiempo debemos hablar con detenimiento –le dijo.
      La esclava se ruborizó de satisfacción sonriendo de oreja a oreja, mostrando unos dientes perfectos, blancos. Un hoyuelo apareció en su mejilla haciéndole parecer más joven. Crito le devolvió la sonrisa y se perdió dentro de la casa. Ella regresó a sus quehaceres domésticos.
      Debía darse prisa. Hipia le había reñido porque se había entretenido demasiado tiempo en el patio fabricando jabón y no había metido el pan en el horno cuando ella se lo había ordenado. No quería que volviera a suceder dado que la relación entre ambas era bastante buena. Colocó la carne con verduras y huevos en la bandeja y la regó con la salsa especiada que había preparado Hipia. Colocó la fruta junto al queso como le había explicado Urso.
      Entonces escuchó un estridente grito de mujer procedente del peristilo.
      Impulsada por una fuerza desconocida que le impedía pensar con prudencia y obedecer al mandato de Urso e Hipia de no aparecer por la zona principal de la casa mientras hubiera invitados, echó a correr hacia el origen del grito, que se repetía según ella se acercaba. Todos rodeaban a uno de los comensales, el hombre mayor, que se agarraba con ambas manos la garganta, los ojos desencajados, la piel azul intenso, la lengua fuera de su boca, en un intento desesperado pero vano por meter aire en los pulmones. Una mujer mayor gritaba a su lado. Crito le empezó a golpear en la espalda con fuerza y entonces algo saltó en el interior de la esclava, un resorte desconocido se soltó en su memoria. Se lanzó hacia el grupo hasta colocarse en el centro del corro y, sin pensárselo dos veces, se colocó tras el anciano, pasó sus brazos alrededor de su cintura con las manos unidas en un solo puño que colocó justo en el punto en que sus costillas confluían. Con un impulso intenso y seco apretó las manos en ese punto una, dos, cinco veces. Todos los presentes estaban mudos por la impresión; no sólo por la grave situación en la que se encontraba Cayo, si no por la osadía de la esclava que de esa forma estaba golpeándolo.

Cayo Galerio se veía morir asfixiado por un dátil que se le había quedado trabado en la garganta y que era incapaz de echar fuera o de tragar. Alguien le golpeó en la espalda y notó cómo el fruto se encajaba más aún. De repente, sintió cómo unos brazos le rodeaban por detrás, se colocaban unas manos en forma de puño en su barriga y apretaban con firmeza mediante golpes secos y consecutivos, uno seguido de otro, en el mismo punto. Entonces notó cómo, con cada una de esas sacudidas, el dátil se despegaba de su garganta y cómo, por fin, se desprendía y salía despedido fuera de su boca, tras lo que tomó una vivificante y eterna bocanada de aire que llenó su interior de vida y de paz. Tosió y sintió arcadas, llenándosele los ojos de lágrimas, pero el aire entraba y salía, por fin, sin obstáculo alguno. Cayo sintió con alivio que la vida volvía a sus cansados huesos.
      Cuando la esclava apareció de repente y agarró a Cayo Galerio por detrás, Marco no pudo reaccionar. El vino hacía ya rato que corría por sus venas y se quedó parado por la sorpresa. Vio cómo  la mujer zarandeaba al hermano de su padre con sacudidas violentas de sus brazos que no entendía a qué venían, por qué esa loca pegaba a un anciano al que ni siquiera conocía. Cuando por fin pudo dar órdenes coherentes a sus brazos y piernas, se lanzó hacia ella como un león y la agarró por detrás, abrazándola por la cintura, elevándola y tirándola al suelo por fin. La tomó de un brazo y le gritó.
      —¡Qué haces, desgraciada!
      Tiró de ella violentamente poniéndola de pie y entonces, sin soltarla, comenzó a golpearle en la cara, sendos bofetones que resonaron en el peristilo y que retumbaron en el ya casi anochecido patio. Ella intentó cubrirse la cara con el brazo libre, sin embargo él era más hábil golpeando. La mujer gritaba y hablaba, pero las palabras debían ser en su propia lengua porque no comprendía lo que decía. Los presentes lo increpaban, gritando a su vez, aunque Marco estaba loco de furia y no se paraba a atender sus palabras. Por fin, alguien le sostuvo los brazos por detrás mientras Domitila le tomaba el rostro con las manos al tiempo que le hablaba nerviosa:
      —¡No la golpees más, déjala!
      Marco intentó bajar el brazo para asestar un nuevo golpe pero las manos que lo agarraban se lo impidieron; entonces la voz de Ulpio, muy cerca de su oído, le dijo con mucha suavidad:
      —Déjala, amigo.
      Marco aflojó la mano que sostenía el brazo de la esclava que, a su vez, lo retiró con furia retrocediendo bruscamente. Los ojos de ella fulminaban los suyos. Un odio inigualable iluminaba unos ojos en los que él hasta ahora no había reparado: enormes, verdes aceituna o quizá no, no podía asegurarlo, fieros. Ella se frotó el brazo herido, que aparecía enrojecido donde sus dedos se habían clavado; respiraba con dificultad más por la rabia que la dominaba que por el esfuerzo en su lucha desigual con él. A Marco Galerio no le cabía duda alguna de que, si hubiera podido, la mujer se habría lanzado a su cara y le habría arrancado los ojos. Tanta violencia contenida en ese menudo cuerpo que temblaba como una hoja a merced del viento, esa forma de mirar al amo al que debía ante todo respeto y obediencia ciega, no le pasó desapercibida a ninguno de los presentes.
      El tenso silencio oprimía el aire contra el suelo.
      La voz ronca y lastimosa de Cayo Galerio logró suavizar la tensión que dominaba el frío ambiente.
      —No castigues a esa mujer, Marco –tosió y se llevó la mano a la garganta mientras hacía una mueca de dolor—. No sé cómo, pero me ha salvado la vida.
      Urso se acercó a la esclava, la tomó por un brazo y tiró de ella que se resistió un instante, aunque enseguida se volvió dispuesta a regresar a la cocina. Justo antes de perderse en el oscuro pasillo, se volvió y lanzó una nueva mirada cargada de odio en dirección a Marco. Él sostuvo el fuego de esos ojos sin pestañear y se juró a sí mismo que tanta soberbia debía ser castigada. La mujer retomó el camino y se perdió en el interior de la casa. Los demás esclavos acudieron a realizar diversas tareas, procurando quitarse de en medio ante tanta tensión.
      Crito se arrodilló al lado de Cayo que se había recostado sobre el regazo de su esposa.
      —¿Qué te ha hecho esa mujer? –preguntó.
      —No lo sé. Pero cada vez que me apretaba en la tripa sentía cómo el dátil se despegada de mi garganta y cómo, al fina, salía despedido de mi boca.
      Sus palabras eran apenas un susurro ronco. Domitila le acercó un poco de vino y él bebió un sorbo. Ella dijo:
      —Marco, hijo, no castigues a esa extraña mujer. He visto morir a varias personas atragantadas con algún trozo de comida y nadie supo cómo evitarlo. Incluso Crito que es un médico sabio y experimentado no ha sabido hacer nada.
      Crito se sintió molesto por el comentario de Domitila, pero debía reconocer, aunque le pesara, que era absolutamente verdad por lo que se abstuvo de replicar nada. Ulpio se encontraba sentado al lado de Marco. Cayo Galerio se puso en pie. Todos lo imitaron.
      —Marco, discúlpanos; yo voy a dar la velada por concluida.
      Domitila asintió en silencio.
      —¿Os vais?
      —No me encuentro muy bien. Me he llevado un susto enorme, me duele la cabeza y estoy algo mareado. A mi edad estos sustos… —hizo un gesto vago con la mano y la apoyó en el hombro de Marco—. Lo entiendes ¿verdad?
      Marco tomó entre las suyas la mano de Cayo y la apretó con calidez.
      —Por supuesto, Cayo, por supuesto. Os alojáis en casa de Marcelo, ¿verdad?
      —Se ha hecho con la casa de un decurión y nos ha cedido por unos días la mitad de las habitaciones. Pero mañana regresamos a nuestra domus de Itálica.
      Sonrió cansado.
      Justo antes de salir de la casa, una hora más tarde, acompañados por sus dos esclavos, Domitila se acercó una vez más a Marco, lo besó en la mejilla y le dijo:
      —Hijo, recuerda que esa extraña mujer ha salvado la vida al hermano de tu padre. Tenlo en cuenta y no lo olvides. No te dejes arrastrar por la ira.
      Marco asintió en silencio.

La esclava se recluyó en la cocina. Hipia no tardó en aparecer. Su gesto serio le gritaba en silencio que estaba enfadada con ella. Días atrás ella y Urso le habían explicado con detenimiento cuales eran las cosas que tenía terminantemente prohibidas y una de ellas era acercarse o tocar al amo o a los invitados en su casa sin que se le indicara expresamente. A la primera ocasión había desobedecido y estaba furiosa. Tras el incidente, Urso le había dicho que se dirigiera a la cocina mientras él recogía en el peristilo. Los invitados se iban y la velada se daba por finalizada.
      Las dos mujeres trabajaron en silencio durante una hora. Fregaron platos y copas, guardaron viandas y vino. La esclava se sumió en su labor sin dar explicación alguna, ni ofrecer excusas; ante tan obstinado silencio, Hipia estuvo a punto de increparla más de una vez, pero siempre cerraba la boca antes de que una palabra saliera de sus labios. Prefería no enfrentarse a ella a solas. Urso sabría mejor qué hacer.
      Al poco entró Urso en la cocina.
      —Mujer, acompáñame.
      Las dos levantaron la cabeza al mismo tiempo y lo miraron. La esclava no se movió ni dijo nada.
      —Mujer, el amo quiere que me acompañes ante él. Quiere hablarte.
      La esclava lo miraba aún sin intención de obedecer.
      —Te aseguro que si no me acompañas por las buenas lo haré a mi manera y te juro que estarás en el tablinum ante el amo, tal y como él me lo ha ordenado. Por las buenas o por las malas.
      Su tono de voz era tranquilo, en absoluto amenazador. Su rostro inexpresivo.
      La mujer se limpió las manos en un lienzo seco y, sin mediar palabra, salió delante de Urso camino de las estancias principales de la casa. El esclavo salió tras ella no sin antes lanzar una significativa mirada a Hipia.
      En el tablinum, sala que hacía las veces de recibidor o despacho y que apenas se utilizaba, se encontraban Marco Galerio y Ulpio. Crito había abandonado la casa tras el anciano matrimonio; ya no existía razón alguna para permanecer más tiempo allí dado que la cena se había suspendido, aunque era evidente que estaba muy afectado por lo sucedido y por su incapacidad de asistir adecuadamente a Cayo Galerio. Era muy consciente, y sufría por ello, de que si la esclava no hubiera estado en la casa ahora estarían llorando la muerte del anciano. Crito prefería estar solo para rumiar su humillante inacción.
      Ambos amigos estaban de pie con una copa de vino en la mano. Cuando vieron entrar a la mujer y a Urso, se sentaron en las sillas de brazos que se encontraban frente a la mesa que presidía la estancia, dejándoles a ellos en inferioridad, haciendo patente su papel de amos.
      El esclavo se asombró de la actitud de su amo. Nunca le había visto mostrar ese comportamiento con un esclavo ni tanta afectación frente a nadie, fuera cual fuera su condición social. Ulpio mostraba un gesto grave, pero sus ojos brillaban con regocijo. Indiscutiblemente se estaba divirtiendo con tan inesperado episodio. Urso se esforzó por no mostrar su desagrado ante la situación que estaba presenciando.
      La esclava se plantó ante ambos mostrando un aplomo que estaba muy lejos de sentir de verdad. Estaba muerta de miedo. Aún le escocían las mejillas por los bofetones que Marco le había propinado, sin embargo, sentía tal indignación en su interior, que antes prefería caer muerta que mostrar temor ante ese mequetrefe presuntuoso e injusto. Le miró fijamente a los ojos, pecado que sabía perfectamente era imperdonable en un esclavo. Sin poderlo evitar posó su mirada sobre el amigo del amo. Se quedó sorprendida ante esos ojos claros, entre azules y verdes y el color castaño rojizo de su cabello. «Seguro que cuando era pequeño tenía pecas», pensó la mujer. No se le escapó el brillo burlón de la mirada de él, detalle que no supo cómo encajar. Su aplomo se rindió un tanto, pero enderezó los hombros y afrontó nuevamente la mirada oscura y grave de Marco.
      Urso, incómodo, cambió varias veces el peso de su cuerpo de un pie a otro.
      —Mujer ¿qué le has hecho al hermano de mi padre, el noble Cayo Galerio? –preguntó Marco con tono severo.
      —Si no me equivoco le he salvado la vida –respondió ella en igual tono.
      El silencio de esa sala sólo podría ser comparado con el de una cripta.
      La mujer se empecinaba en sostener la mirada de Marco, que debió reconocer en su fuero interno que la extraña esclava tenía agallas.
      La esclava vio un resquicio de duda en la mirada de Marco Galerio y tomó el valor de hablar sin esperar a que le preguntaran.
      —Ese hombre se estaba ahogando. Si no hubiera actuado con rapidez habría muerto. Además, el hombre joven, el médico, le estaba dando golpes en la espalda, lo que hacía que el dátil se clavara más aún en su garganta. Mi intención ha sido únicamente ayudar y, si no me equivoco, lo he conseguido.
      Los tres hombres se miraron entre sí. El gesto divertido de Ulpio era ya más que evidente. Se echó hacia delante en su silla y preguntó:
      —¿Quién eres?
      La mujer se encogió de hombros confundida. Tomó aire y se envalentonó por el gesto afable de Ulpio.
      — Soy una mujer libre.
      Los tres hombres elevaron sus cejas en evidente muestra de asombro por su inagotable desfachatez. Marco le habló con condescendencia:
      —Esclava, me parece que estás muy confundida. En Gades pagué unos cuantos denarios de plata por ti. Tengo unos documentos que así lo respaldan y, si no me equivoco, en tu brazo derecho tienes la marca del hierro del comerciante que te compró en Olisipo.
      La esclava contuvo a duras penas el impulso de pasar los dedos por la marca que tal quemadura le había dejado definitivamente en su piel y mantuvo la mirada en los ojos de Marco. La furia bullía en su interior y temblaba por el esfuerzo de controlarse.
      —Soy una mujer libre, sé que no me creéis, pero lo he sido. No recuerdo cómo llegué a Gades, ni lo que me pasó para terminar en esa jaula de la que me han hablado. Me recuerdo libre –hizo una pausa—. Urso me ha dicho que si consigo demostrar que lo era me devolverás la libertad –el tono de su voz ya no era altanero, suplicaba—. Ahora no recuerdo mucho, aunque sé que lo haré y te demostraré que no puedo seguir siendo una esclava.
      Marco lanzó una rápida mirada de reproche a Urso.
      —No te digo que no. Pero mientras tanto debes recordar lo que eres hoy. Me acoge la ley si te azoto por tu desobediencia y tus atrevimientos. Tanta desfachatez sólo te va a proporcionar castigos. Cumple con tu trabajo y no me ocasiones problemas. Urso te explicará cómo debes comportarte; debes de estar en tu sitio.
      La esclava luchaba con todas sus fuerzas por no derrumbarse, por no llorar. Los ojos se le llenaron de lágrimas y pestañeó con fuerza intentando que no rodaran por sus arrebatadas mejillas. Ulpio borró su sonrisa irónica y la sustituyó por un gesto grave. Sentía pena por esta mujer que no paraba de luchar en silencio; se defendía con valor y eso no hacía más que acrecentar el respeto que empezaba a sentir por ella. Ulpio se puso en pie y se acercó a la mujer un par de pasos. Su tono de voz fue afable, conciliador.
      —¿Recuerdas de dónde eres?
      —No. Sé que no soy de aquí.
      —¿El nombre de tu pueblo, de tu ciudad?
      —No.
      —Sin embargo conoces nuestra lengua.
      —No sé cómo, pero es evidente que la aprendí.
      —¿Sabes tu edad?
      —No, sin embargo, creo que ya he pasado la treintena.
      —¿Estás casada, tienes hijos o familia?
      —Recuerdo algunos rostros que, siento en mi corazón, pertenecen a personas que aprecio pero no sé quienes son ni su relación conmigo. Tengo la sensación de haber tenido hijos.
      Marco no apartaba los ojos de los de la esclava y su anterior aplomo se transformó en ansiedad.
      —¿Cómo sabes curar a las personas? –Increpó con brusquedad Galerio—. Crito me ha dicho que lo que has hecho con Cayo no lo sabe hacer nadie en Roma, que la forma que tuviste de curar las heridas de Hipia era nueva para él. Él es un médico joven, aunque muy experimentado, ha estudiado con los médicos más sabios de Roma antes de venir aquí. Y tú, una extraña esclava, conoces cosas que nadie más conoce…
      La esclava apartó los ojos de Galerio y los posó en Ulpio. Su gesto era más amable y el tono de voz que usaba con ella, menos brusco. Quizá tenía un aliado.
      —Sé que eso es lo que soy. Sé curar heridas, huesos rotos, sé tratar enfermedades. Lo que le he hecho al anciano tiene un nombre en mi cabeza, un nombre extraño, y lo he realizado decenas de veces, lo sé. Sin embargo, ese nombre me parece incongruente aquí. Tengo palabras que me rondan constantemente pero sé, por alguna razón, que no… que son… ¡No sé explicarlo!
      Movió la cabeza de un lado a otro, confundida.
      Marco se puso repentinamente en pie y se acercó tanto a ella que, sin hacer ningún esfuerzo podía sentir el calor que partía de su cuerpo, su olor. Instintivamente, la esclava retrocedió un paso. El tono de voz de Galerio era desagradable, hiriente.
      —Pues mientras te aclaras, esclava, ten presente tus obligaciones y el lugar que ocupas en esta casa. No te esfuerces en recordar cosas pasadas y presta más atención a tu presente, que no es otro que obedecer y trabajar. Urso e Hipia te dirán a diario cuales son tus obligaciones y obedecerás sin replicar –acercó su cara a la de ella, en evidente gesto amenazador—. No quiero más viajes nocturnos.
      Nadie más que ellos dos sabían a qué se refería Marco. A ella le sorprendió que hubiera hecho referencia a lo pasado dos noches atrás y que se lo recordara con tanto veneno, cuando en aquel momento él mostró más agradecimiento que otra cosa y que, por lo borracho que estaba, supo sin dudar un instante que era sincero. Ulpio y Urso no prestaron atención a esas palabras ni al cruce significativo de miradas entre la mujer y Marco. Éste se giró y se volvió a su silla, sentándose con las piernas estiradas y los tobillos cruzados sin mirarla más.
      La mujer vio por el rabillo del ojo que Urso le hacía un gesto con la cabeza indicándole que la conversación había finalizado. No esperó a que nadie la echara y se encaminó hasta la puerta. El esclavo la precedía. De repente una idea se abrió camino en su memoria, como el sol lo hace entre las nubes un día de lluvia. Se volvió rápidamente. Ulpio y Marco volvían a llenarse las copas de vino y conversaban en tono quedo. La mujer llenó el pecho de aire y escupió:
     —Esta tarde no he cometido ningún delito por el que se me deba reprender; he salvado la vida de un hombre al que supongo aprecias y nadie me ha dado las gracias o me ha dicho alguna palabra de afecto. ¡No, se me ha reprendido por ello! Os creéis tan nobles y tan altaneros… pero no sois superiores a mí o a él –señaló con la barbilla a Urso— y jamás lo seréis. Si algún día sois alguno de vosotros los que necesitéis de mí, ese día obedeceré respetuosamente vuestras órdenes de hoy, aunque eso suponga dejaros morir –hizo una rápida pausa para tomar aire, pero continuó al momento—. Por supuesto debo acatar lo que todos me mandéis porque no me queda otra opción, sin embargo, no pienso responder, ni atender, ni obedecer, al que no me llame por mi nombre, que no es ni esclava, ni mujer, ni «oye tú» —pausa para tomar nuevamente aire—. Mi nombre es Ana y es por el único que responderé.
      Acto seguido se volvió y salió deprisa delante de Urso. Marco aparentó que las palabras de la mujer le daban igual y no apartó los ojos de su copa, pero por dentro se sentía mal por ella; se había equivocado y no estaba dispuesto a reconocerlo. Necesitaba imponerse a esa mujer tan soberbia, humillarla, impedir que volviera a mirarlo con esos ojos nunca más. Jamás había sentido algo igual.
      Ulpio no apartó la vista de la puerta aunque Urso y la esclava «se llama Ana» hacía rato que se habían ido. Indiscutiblemente esa mujer era extraña y debió reconocer que su comportamiento no era habitual. Se levantó y se despidió de su amigo que no se movió ni correspondió a sus palabras, tras lo que abandonó el tablinum camino de la calle. En su lugar Marco volvió a beber de su copa, indiferente. Cuando Ulpio salió, apuró su vino de un rápido trago, se levantó y estrelló la copa de vidrio contra la pared temblando de furia.
      Ana llegó a la cocina, donde Hipia no estaba y se metió en su leñera. Nadie vino en pos de ella para añadir nada más. Supuso que Urso se habría ido a su cubículo.
      Se tumbó en su jergón y se tapó la cara con los brazos.
      Habían cambiado tantas cosas en tan poco tiempo. Tenía que recordar. Retazos sueltos iban y venían por su cabeza pero no los podía sujetar o controlar. Por fin recordaba su nombre y lo que era. Su nombre era Ana. Ana. Por ahora Ana y nada más. Era su nombre al igual que la imagen que le devolvió aquella tarde un bruñido espejo de metal era su rostro. Estaba recordándose, recuperando trozos de ella misma, reconstruyéndose.
      Sí, su nombre era Ana y sabía curar a los demás. Y eso era lo que iba a hacer siempre que tuviera ocasión.



[1] Esta ciudad se ubicaba en lo que es hoy Montemayor, en la provincia de Córdoba.

domingo, 6 de noviembre de 2011

SANATIO: Capítulo VI


Relación de Capítulos publicados hasta ahora con sus enlaces en la barra lateral del blog

Capítulo VI

Artemidoro había conseguido una casa impresionante en el centro de Hispalis, muy cerca del foro, tras la basílica. De dos pisos, amplias habitaciones, enorme patio interior con plantas de todo tipo y cuatro fuentes, una en cada esquina que refrescaban de forma muy eficaz en los calurosos días de verano, un jardín que circundaba todo el perímetro de la domus lleno de árboles frutales, paredes bellamente decoradas por pintores locales y mosaicos que nada tendrían que envidiar a los que pudieran poseer los más nobles senadores de Roma. El decurión[1] que amablemente se lA había «cedido», poseía otra casa cerca del río de dimensiones algo más reducidas, pero no menos esplendorosa en su factura y, según afirmaba mientras ordenaba recoger sus pertenencias a toda prisa a sus veinte esclavos, se sentía más que honrado porque el noble cuestor Marcelo se alojara en su humilde morada, la que esperaba pudiera llegar a considerar su propio hogar. La sonrisa del decurión se encogió un tanto cuando Artemidoro le indicó entre dientes que dejara la mitad de los esclavos y toda la vajilla de plata. El noble Marcelo no podía buscarse su propio servicio ni comer en vulgares platos de cobre.
      El cuestor llegó a Hispalis un día más tarde y se sintió plenamente complacido por las gestiones de su hombre de confianza. La casa era de su gusto, muy hermosa, bien ubicada dentro de la ciudad y no faltaba detalle para cubrir a plena satisfacción sus exquisitas necesidades. A las pocas horas se sentía como si fuera suya. El decurión acudió por la tarde a su propia casa y solicitó visitar a Marcelo para darle la bienvenida personalmente, pero se le despidió, por medio de uno de sus propios esclavos, tras explicarle que el cuestor estaba descansando de su largo viaje y que hasta el siguiente día no recibiría nadie. Dos días más tarde no fue convocado a la reunión de bienvenida que celebró el cuestor y que se negó a que tuviera lugar en la curia de la ciudad. Marcelo, personalmente, convocó a las personas que serían recibidas en su casa pretendiendo que el primer contacto con Hispalis, tras una larga temporada ausente, fuera del todo informal para hacerse una idea de la situación antes de presentarse ante los representantes municipales del pueblo.
      Aquella mañana la lluvia había concedido una tregua tras algo más de cuatro días de caer agua sin descanso. Se encontraban reunidos en una hermosa sala dedicada a Ceres, bellamente decorada con frescos y mosaicos haciendo referencia a la diosa en los que dominaban los tonos amarillos del trigo. En el suelo, los largos y hermosos cabellos de la nodriza del género humano, acariciaban los pequeños cuerpos de dos niños que a sus senos se alimentaban. Tocada con un velo que le llegaba hasta los pies, su gesto serio pretendía proporcionar una serenidad que estaba muy lejos de flotar en un ambiente como el de aquella noche.
      Presidía la informal cena el cuestor Marcelo, con una toga de seda que competía en brillos con las llamas de las decenas de estilizadas lucernas que colgaban de las paredes. El legado Tito Fabio Buteo se encontraba a su derecha más los dos duunviros de Hispalis, Lucio Horatio Victor y Servio Gallo Bato. A su izquierda se encontraban dos tribunos angusticlavios de la legión XXX, Mario Atilio Varo y Sexto Poncio Silano y el tribuno laticlavio Cayo Albio Severo; frente al lectus de Marcelo se encontraban, por último, Marco Galerio Celer y los dos ediles de la ciudad de Hispalis, Apio Livio Avito y Cneo Manlio Galeo. Varios esclavos de la casa pululaban entre los comensales; sólo los duunviros y los ediles se habían traído consigo sus propios sirvientes para que les asistieran durante la cena. La mesa central rebosaba de viandas de todo tipo que los esclavos iban sirviendo y reponiendo.
      Marco Galerio comía y bebía en silencio, el gesto grave mientras el resto de invitados conversaba alegremente entre sí, relatándose chismes y cotorreos de actualidad. Las risas y el tono de la conversación subían al mismo ritmo que el vino iba desapareciendo de las jarras y las bellas copas de vidrio que acercaban cada poco a sus ávidos labios. Una hermosa esclava se acercó a Marco y le sirvió vino. Era muy joven, quizá no tendría más de dieciséis o diecisiete años. Cuando sirvió a su vecino de lectus, Livio Avito, éste cogió a la mujer por la cintura y la atrajo hacia sí. La muchacha cerró los ojos y se dejó hacer procurando que no se le cayera el vino de la jarra mientras Livio la besaba en el cuello y le bajaba la túnica por los hombros dejando sus blancos senos al descubierto, que acercó a su boca y besó con gula. La joven bajó la cara, avergonzada, pero no hizo ningún gesto de rechazo que le habría supuesto un severo castigo, sin duda. Marco bebió de su copa evitando dejar entrever lo incómodo que se sentía ante tal muestra de lascivia y abuso, dado que la muchacha no le correspondía. Los demás reían jaleando al edil que ya había hecho recostarse a la esclava y le había subido la túnica sobre las ingles mientras que con una de sus manos hurgaba entre las piernas de la joven. Marcelo observó el gesto de desagrado en el rostro de Marco Galerio, que no se molestaba en disimular ante sus invitados lo mucho que le asqueaba el voluptuoso apetito de su compañero.
      Marcelo se incorporó en su lectus con sorprendente agilidad.
      —Estimado Livio Avito, será mejor que dejes para más tarde lo que tienes entre manos –dijo y las risas de todos enmudecieron momentáneamente su voz—. Hemos de tratar una cuestión que debe de ser solucionada sin dilación.
      Livio levantó la cara del cuello de la esclava, aunque no se incorporó ni la soltó.
      —Noble Marcelo, el esclavo que me asiste no tiene entre las piernas frutos tan sabrosos –dijo mostrando a las claras que el vino hacía ya rato que corría en abundancia por sus venas—. Deja que termine lo que tengo iniciado y te atenderé.
      —Livio, más tarde podrás finalizar con éxito lo que deseas –Marcelo, sonrió con malicia—; dudo mucho que el vino que rebosa por las costuras de tu toga y por tus orejas permita mantener recio el timón de tu barca para llegar a buen puerto entre las humedades de esta tierna esclava.
      Las risas de los invitados impidieron escuchar el sollozo de asco que se le escapó a la esclava, cuando por fin logró escabullirse del cuerpo sudoroso del edil; la muchacha se marchó tras recuperar su jarra lo más rápido que pudo sin poder echar a correr y sin parar a recogerse la túnica sobre su casi desnudo cuerpo. Marcelo dirigió una significativa mirada a su hijo adoptivo Marco Galerio, una más que evidente reprimenda en su expresivo rostro que podría resumirse como: «tu cara de asco es demasiado evidente, ¡disimula y ayúdame a atender a mis invitados!». Marco bebió una vez más de su copa, cerró los ojos intentando tragarse la bilis que le atenazaba la garganta y adoptó un gesto que pretendió fuera de indiferencia, aunque el resultado fue pobre. De todos modos, como invitado de poca categoría, aunque protegido del anfitrión dado que era su hijo, los demás comensales lo ignoraban y asumían su presencia como parte del decorado. Todos, excepto Atilio Varo, que había presenciado con aparente satisfacción el intercambio de miradas entre Marcelo y Galerio y una significativa sonrisa curvaban las comisuras de sus labios en algo parecido a una sonrisa. Marco sostuvo sus ojos en los del tribuno, que los apartó al poco, aún sonriente. No dejaba de preguntarse para qué se le había hecho venir a esta reunión. En su legión era sólo un oficial menor, sin poder ninguno. Prefería una visita personal e íntima al recién llegado, no una reunión con los altos jerarcas de la ciudad y de la legión. Marcelo conocía su desagrado, pero aún así le obligaba a asistir. Insistía en que si quería progresar en su cursus debía aprender a relacionarse a nivel político. Por supuesto, Marcelo se esforzaba constantemente en ignorar que a Marco la política le traía sin cuidado y que sus expectativas se reducían al ejército. Era un soldado y eso es lo único que deseaba seguir siendo. Nada más.
      Marcelo hizo un gesto a los esclavos que se escabulleron tan silenciosamente como habían permanecido en la sala. Se sentó en su lectus lo que supuso una indicación a sus invitados de que se iban a tratar temas importantes. Marco Galerio se incorporó y se levantó con su copa de vino en una mano, situándose a un lado de los gruesos cortinajes que cubrían una de las amplias portadas de la sala, agradecido por poder alejarse del sudoroso cuerpo de Livio Avito.
      —Como sabéis, nuestro querido gobernador, el noble Cneo Domicio Calvino, acaba de llegar a la Ulterior –un arroyo de murmullos subrayaron las palabras de Marcelo—. Ha decidido quedarse en la colonia Patricia Corduba a pasar el invierno.
      Se puso en pie con la copa en la mano.
      —Todos los aquí presentes sabéis que yo anhelaba el puesto de gobernador… –pausa y pétreo silencio— y que me llevé una gran decepción cuando ese puesto lo recibió nuestro querido Domicio Calvino.
      El tono de voz de Marcelo era grave, emotivo, contenido. El silencio ante unas palabras tan inesperadas era atronador. A todos se les pasó la borrachera de golpe, incluso Livio Avito mostraba un gesto de inteligencia que un momento antes jamás se le podría haber presupuesto. Marco Galerio, desde su lejanía, observaba la escena con asombro, olvidando por un instante dónde se encontraba y el desagrado que le invadía hasta ese momento por estar donde no deseaba.
      —Como soy muy consciente de que se ha dudado de mi fidelidad hacia la persona del noble Octaviano y de su legado en Hispania, nuestro flamante gobernador Cneo Domicio Calvino, quiero dejar patente ante los aquí presentes mi más absoluta fidelidad a Roma y a los que el pueblo, por mediación de su Senado, designa para dirigir nuestros destinos.
      Marcelo se llevó una mano al pecho e hizo un sublime y elegante gesto de humildad con la cabeza, que los presentes recibieron con breves salvas y golpes con sus manos. El cuestor levantó la cabeza con un forzado gesto de arrobo, pero a Marco no se le escapó el brillo de satisfacción que brotó de sus azulados y fríos ojos. Había conseguido su primer objetivo, sin duda. Debía seguir su guión para dar por satisfecha la velada.
      —Supongo que a los oídos de todos los aquí presentes ha llegado el rumor, más que fundado, de que traidoras manos están planteándose acabar con la vida de Domicio Calvino –murmullos y asentimientos por parte de todas las cabezas—. Aquí, en mi casa y bajo mi techo os hago saber que he puesto todos los medios a mi alcance para descubrir a los que puedan estar implicados y os pido formalmente vuestra colaboración. Es por esta razón que he asentado mi casa en Hispalis y no en Corduba con el gobernador, para abarcar más terreno.
      Todas las cabezas asintieron y murmuraron frases de apoyo, pero Marco observó ciertas miradas de reojo que se lanzaron varios de los presentes entre sí, sobre todo las de Atilio Varo con el legado, Fabio Buteo y con el duunviro Horatio Victor. La modesta sonrisa de agradecimiento que se dibujó en el rostro de Marcelo no pudo cubrir, según le pareció a Galerio, un cierto brillo de triunfo. Había cortado todos los rumores que sobre su persona circulaban afrontándolos como si fueran una mala afrenta a su buen nombre y reputación, haciendo partícipes a los que sabía que de él dudaban de su determinación de localizar y destruir a los traidores, entre otras cosas, porque él mismo era el principal sospechoso.
      A Galerio no le cupo ninguna duda aquella noche, según se dirigía a su casa acompañado por Urso, que Marcelo había dirigido los hilos esa velada en su propio provecho, pero por supuesto no había comprendido en qué le beneficiaba nada de lo acontecido. Menos aún entendía su propia presencia en la cena. Apenas había abierto la boca y Marcelo le reprendió por ello una vez que todos los invitados se hubieron ido. Marco y él permanecieron en la sala donde se había celebrado la cena, recostados en sus lectus, uno frente al otro, degustando uno de los mejores vinos de la bodega del decurión dueño de la casa.
      —Eres demasiado mojigato para ser un veterano soldado, un oficial de una de las legiones reclutadas por el inigualable César.
      —Marcelo, yo no comparto esa forma de pasatiempo.
      —¿A cual te refieres, a las cenas en buena compañía o a la política?
      —Si tú ves la política como un pasatiempo…
      —¡Por supuesto que la política es un pasatiempo! ¡Y una forma de vida y una forma de poder!
      —A mí no me interesa el poder.
      —Pues debería interesarte, Marco. Tienes cuarenta años y no has logrado nada… ¡como tu padre!
      Marco se levantó del lectus y depositó con un brusco golpe su copa en la mesa. Marcelo se levantó rápidamente y le sujetó por el brazo con la fuerza de una garra de oso.
      —¡Eres mi hijo, Marco, no de mi sangre, cierto, pero porque te elegí eso hace que te tenga más aprecio aún!
      Galerio cedió y la garra se transformó en una paternal y afectuosa mano.
      —Deseo que llegues lo más lejos posible, hijo. No quiero que termines como tu padre, anclado en una jerarquía militar inútil, que no valora los éxitos ni la obediencia y que obliga a bajar la cabeza ante ineptos que no saben nada de la guerra y que se mean encima en cuanto hay sangre, sólo por eso que llaman honor y fidelidad.
      —A mi padre le arrebataron la vida en una emboscada, si hubiera tenido la oportunidad…
      —Tu padre jamás habría pasado de lo que era. No supo relacionarse, como te pasará a ti si no cambias, Marco –Marcelo suspiró y apoyó una cálida mano en su hombro—. Llevas en el ejército cerca de veinte largos y sangrientos años. Has estado a punto de perder la vida innumerables veces, has participado en guerras y batallas decisivas y, en lugar de considerar que has cumplido con tu papel y que has demostrado ya tu valía, te empeñas en seguir la vía normal y no dejas que te ayude a promocionar. Tantos años de dedicación y no eres más que tribuno de caballería –Marco se soltó de su mano; Marcelo suspiró irritado—. Se acerca otra guerra aquí, en Hispania, quizá en la siguiente batalla no tengas tanta suerte y un indígena te rebane el cuello… ¡Deja que te ayude, Marco!
      Marco le puso ambas manos en los hombros y lo zarandeó suave, cariñosamente.
      —Marcelo, acepté ser tu hijo porque te tengo un amor sincero, aprecio el apoyo que proporcionaste a mi padre en vida y a mi familia cuando le mataron, pero no porque desee seguir tus pasos. En mis venas no corren tus ambiciones, ni tu ilusión. Soy soldado y, mientras pueda sostener mi espada, seguiré en la legión. Cuando ya no valga para eso, me retiraré, si no me vuela antes la cabeza una jabalina.
      Ambos sonrieron, rendidos. Marco Galerio apuró su vino, se ajustó la toga y se despidió de Marcelo con gesto cansado. Quizá estaba más borracho de lo que en realidad se creía. Sin embargo, su padre, aparecía sereno y dueño de sí.
      Mientras Marcelo lo veía partir acompañado de su inseparable Urso, que había aguardado pacientemente durante horas en la cocina mientras duraba la cena, no pudo evitar un suspiro de exasperación. «¡Cuánto daño puede hacer una mujer, cuánto!», pensó con fastidio. Marco no se dejaba hacer, no respondía a sus expectativas. Hacía ya varios días que había puesto en marcha una solución para intentar paliar tanta desidia. Las alianzas debían seguir su curso para poder conseguir sus objetivos. Su hijo no podría negarse a obedecer a lo que le tenía preparado, menos aún si con ello obtenía a cambio una buena entrepierna en la que descargar tanta ansia contenida. Los muertos no debían seguir controlando la vida de los vivos por toda la eternidad.
      Chascó los dedos y un esclavo apareció de entre las sombras, silencioso y solícito.
      —Haz venir a la joven esclava que nos ha servido en la cena y llévala a mi lecho, ¡rápido!
      Mientras el esclavo salía a toda velocidad a cumplir la orden, Marcelo se dirigió con una sonrisa y una copa de vino hacia su cubículo. Una noche como aquella debía tener un adecuado punto final y qué mejor que una inexperta esclava de blancas y tiernas carnes, que obedezca sin chistar. Esa noche Marcelo se sentía caprichoso.
      Se perdió con lento caminar entre los oscuros pasillos con un brillo lascivo en sus ojos verde azulados.

La noche estaba ya muy avanzada cuando Urso y Marco Galerio regresaron a la casa. La esclava escuchó sus voces. Se encontraba sentada en uno de los lechos del triclinio, a oscuras. La luna entraba a raudales por el atrio e iluminaba la estancia tenuemente, dado que una de sus puertas daba a esta zona. Un haz daba de pleno sobre la hornacina en la que se encontraba el busto de una bella mujer.
      Había aprovechado que Hipia se había ido a dormir para pasearse otra vez por la casa. Desde que la había ayudado en el patio aquella mañana, hacía de eso ya tres días, Hipia la trataba mejor, sin recelo y con un evidente respeto. La herida evolucionaba muy bien, los puntos estaba limpios, no había indicios de complicaciones y la joven recuperaba poco a poco el ritmo de sus obligaciones cotidianas sin problemas. El cambio en su actitud hacia ella dejaba de manifiesto su agradecimiento; a cambio, la ayudaba a aprender latín, que ya hablaba, con apenas tres días de intenso adiestramiento, con bastante soltura. Esto les convenció de que efectivamente, en algún momento del ignoto pasado de la esclava, ésta había hablado esta lengua con cierta habilidad. Por supuesto, al recuperar la capacidad para comunicarse, empezaron las preguntas sobre su origen e identidad, pero nada pudo aclarar. Tanto Urso como Hipia estaban ávidos de saber quién era, de dónde venía, dónde había adquirido conocimientos tales para curar que le habían permitido actuar con tanta diligencia en el accidente que había sufrido Hipia, pero no recordaba nada, ni siquiera su nombre. Imágenes borrosas se agolpaban en su mente; cuanto más intentaba ver más se alejaban y se oscurecían, por ello comprendió que debía dar tiempo a su cabeza a que sanara por completo. Si los dioses así lo disponían, quizá algún día tendría todas las respuestas. 
      Urso e Hipia le explicaron cómo la habían encontrado en el puerto de Gades, cómo la había comprado el amo Marco. Le hicieron saber que tenía mucha suerte de haber topado en su camino con él y no con otro; el amo era conocido, y también criticado, por estar en contra de la explotación de los esclavos o de castigarlos sin motivo alguno o de abusar de ellos; esta forma de pensar era muy poco corriente entre ciudadanos romanos. Urso se había criado con él y presumía de conocerlo muy bien. Había llegado a Gades, al igual que ella, procedente de tierras egipcias tras ser robado a su familia. Marco Galerio Celer, padre, lo vio encadenado y débil y decidió comprarlo, llevándoselo a Roma cuando regresó meses después. En su casa se crió con su propio hijo de corta edad, Marco, y desde entonces no se había separado jamás de él. La esclava se sintió algo mejor con todas estas explicaciones y un cierto alivio le aligeró el corazón. No le entraba en la cabeza el tener que asumir su nueva situación como esclava, tenía la absoluta certeza de que antes era una mujer libre, aunque como no tenía ningún recuerdo de en qué circunstancias había llegado a este nuevo estado, consideró muy esperanzador cuando Urso le aseguró:
      —Si llega el día que recuperas la memoria y puedes demostrar que eras una mujer libre y que el mercader o cualquier otro te robó, el amo Marco Galerio te devolverá la libertad, porque así lo marca la ley. Mientras tanto puedes estar tranquila porque Marco es un buen amo.
      Mientras escuchaba estas palabras sus dedos acariciaban la cicatriz de la quemadura de su brazo, que aparecía con una piel nueva, brillante, rosada y definitiva. «Sí –se dijo—, ante tanta desgracia en mi vida parece ser que he tenido suerte con el amo»
      Esa noche, una vez que Hipia se hubo dormido, la esclava salió del cuarto de la leña, que se había convertido en su cubículo definitivo y empezó a vagar por la casa. No podía dormir. Sentía el cuerpo como un saco lleno de hormigas y, aunque estaba agotada por el intenso trabajo que ya realizaba a diario, no podía conciliar el sueño. Así que se levantó, se cubrió con un chal de lana y salió a curiosear por la casa. El amo no estaba y Urso tampoco. Si no hacía ruido lo más seguro es que Hipia no se despertara y no diera cuenta de su atrevimiento. Ya en su paseo de días atrás, había constatado que se trataba de una construcción enorme, con un patio bastante grande con una fuente en su centro. El peristilo delimitaba un pasillo cuadrangular de varios pies de ancho que, según le había explicado Hipia el día anterior, la antigua señora, Marcia, segunda esposa del padre de Marco Galerio, aprovechaba en las noches de estío para celebrar divertidas cenas con amigos y familiares. En esa fría noche de noviembre aparecía oscura e inerte, nada recordaba la alegría y calor de cenas pasadas. Curioseó por algunos dormitorios, por las diversas estancias, muchas sin mueble alguno. Al entrar en el triclinio se quedó sorprendida por la belleza de la escultura que presidía la sala. Una pequeña inscripción tallada en el mármol, cerca de la base, rezaba: «A mi muy amada Marcia». La esclava acarició con la yema de los dedos su frío rostro, sus cabellos, el óvalo de su cara y se imaginó que debió ser una noble dama a la que todos respetaban y querían. Supo que no estaba errada al recordar cómo le hablaba Hipia de ella, con veneración, con afecto. Se apartó unos pasos y se sentó a observarla.
      Entonces, escuchó las voces.
      Se puso en pie, asustada. Si volvían a sorprenderla recorriendo la casa sin permiso esta vez seguro que sí la castigaban. Ya, la vez anterior, Urso le había avisado que no debía hacer ciertas cosas. Se acercó a la puerta y se pegó a los cortinajes. Con un poco de suerte el amo se dirigiría directamente a su cubículo y se acostaría. Sólo debía esperar. Entonces el corazón le dio un salto en el pecho. ¡Y si Urso se asomaba a la leñera buscándola para atender alguna necesidad de Hipia! Los nervios le oprimieron el pecho impidiéndole respirar. Escuchaba los latidos locos de su corazón en los oídos. Las voces se acercaron. Contuvo la respiración.
      Urso y Marco Galerio se perdieron en la habitación de este último. Esta era su oportunidad. Se quitó las sandalias y salió al oscuro pasillo. Esperaba poder recordar el camino de vuelta a la cocina y no perderse. Había dado tres pasos cuando escuchó a Urso abandonar el dormitorio del amo y despedirse de él, deseándole que pasara una buena noche. Desanduvo rápidamente el camino iniciado, entrando nuevamente en el triclinio. Volvió a colocarse cerca de los cortinajes. Respiraba entrecortadamente y estaba convencida de que los latidos de su corazón se oirían varias millas a la redonda. Intentó escuchar y asomó un poco la cabeza por el pasillo. Nada. Tomó aire. Iba a salir nuevamente camino de la cocina, cuando escuchó un murmullo de pasos, a los que precedía un tenue resplandor. Marco salía de su dormitorio. Se escondió una vez más y contuvo nuevamente el aliento. Las cortinas de la sala se movieron y el amo entró en el triclinio. A la esclava le temblaba todo el cuerpo y se quedó paralizada. Pensó que si no hacía ruido podría salir al pasillo sin que le viera aprovechando que estaba de espaldas a ella, pero no se podía mover. Estaba aterrorizada.
      Marco caminaba con paso torpe. Llevaba una amplia camisa, que no le cubría más allá de las rodillas, abierta por delante hasta la cintura. Portaba una lucerna en la mano izquierda que oscilaba peligrosamente por sus movimientos erráticos, amenazando con derramar el aceite. La luz se movía casi con vida propia, dando a la sala un efecto espectral y a su rostro un aspecto duro, brutal. La esclava arrugó la nariz. Marco apestaba a vino. «¡Está borracho!», se sorprendió. Con paso lento y vacilante Galerio avanzó hacia la hornacina. No calculó bien la distancia y se tropezó con uno de los lecti. Por los pelos consiguió que el aceite no se derramara y saliera todo ardiendo. Se enderezó y se situó, por fin, frente a la escultura de la mujer. Posó su mano en una de sus frías y lisas mejillas, recorrió con la yema de sus dedos sus labios, el hoyuelo de su barbilla. La esclava escuchó cómo murmuraba algo ininteligible y sorbía por la nariz. Dejó la lucerna en un gancho que había en la pared, lo que consiguió tras cuatro intentos. Apoyó ambas manos en las mejillas de la imagen y besó los marmóreos labios, tras lo que rompió a sollozar sin control.
       La esclava no podía salir de su asombro. Estaba presenciando un momento tan íntimo, tan doloroso. Se sentía incómoda, violenta. Un hombre de apariencia grande, fuerte, derrotado de esa manera y llorando como un niño. El vino le había hecho bajar la guardia y se encontraba abatido por un intenso dolor. Marco se dejó caer de rodillas, de espaldas a ella, con el rostro entre las manos. Ese era el momento más adecuado para salir de la sala sin que se apercibiera de su presencia. Dio un paso hacia el pasillo, pero volvió la vista a Marco y se detuvo. Él se había puesto a cuatro patas para intentar ponerse en pie, pero se tambaleó y cayó de lado. La esclava sintió una pena enorme que superó todo temor que pudiera dominarla. Retrocedió, se colocó las sandalias y se acercó al hombre que, nuevamente, intentaba sin éxito ponerse en pie. Se situó frente a él y le tendió las manos. Si Marco se sorprendió de encontrarla allí a esas horas no estaba en condiciones de demostrarlo. La miró como si su presencia allí fuera lo más normal y le regaló una media sonrisa, llena de sarcasmo.
      —Vamos –susurró la mujer, mientras movía suavemente las manos, invitándole a agarrarse.
      —Vaaamos… —coreó él, burlón.
      Se cogió con fuerza a sus antebrazos y ella hizo lo mismo con los de él. Tiró hacia atrás, pero pesaba mucho y apenas levantó un palmo del suelo. Por fin, un último esfuerzo consiguió elevar su enorme físico a la vertical. Marco suspiró y ella no pudo evitar echar la cabeza atrás asqueada por su aliento. Su aspecto era grotesco, sudoroso, con los ojos hinchados, enrojecidos y semicerrados, los labios entreabiertos. Pasó el brazo de él por sus hombros y pasó el suyo por su cintura, agarrándole con fuerza. Marco le sacaba más de una cabeza en altura por lo que al apoyarse sobre ella iba encorvado. Caminaron despacio, salieron al pasillo y, por fin, llegaron a su cubículo. Le ayudó a tumbarse en el lecho y a retirarse los calcei que aún llevaba puestos. La camisa estaba mojada y se pegaba a su pecho. Decidió quitársela; hacía frío y podría enfermar. Él se dejó hacer con los ojos cerrados; seguidamente le tapó con la sábana, dado que no llevaba más ropa. Cuando terminó, mojó un lienzo en el agua que encontró en una vasija que había sobre el mueble que había pegado a una de las paredes, en el que aún descansaba el bruñido espejo que le devolvió su desconocido rostro días atrás. Con el paño mojado le limpió el sudor de la cara, se lo pasó por el cabello y por el pecho. Mientras le limpiaba no pudo evitar pasear la mirada por varias cicatrices que  le surcaban la piel en el tórax y en el abdomen; tres de ellas debieron ser, en su día, enormes heridas, brutales, violentas, que probablemente pusieron en riesgo su vida. Lo acomodó en la cama. Él permanecía aún con los ojos cerrados y su respiración era superficial y regular. La mujer supuso que se había dormido. Lo arropó bien con la sábana y con un grueso cobertor que había a los pies del lecho y le ajustó algo parecido a un almohadón bajo la cabeza, tras lo que se giró dispuesta a irse.
      —Gracias –susurró Marco.
      La mujer se volvió una vez más. Marco la miraba a través de las dos rendijas inflamadas de sus párpados. Ella no supo qué era lo más adecuado decir, no encontró las palabras en latín, así que se limitó a asentir y murmuró en su propia lengua:
      —No hay de qué.
      Marco ya no la escuchaba, se había dormido al instante. La esclava, ya sí, se volvió y salió al pasillo camino de su leñera.

La esclava se durmió casi en el mismo momento en que su cabeza reposó, por fin, en el lecho.
       Un torrente de imágenes se agolpó en su mente. Tuvo la sensación de caminar por el borde de un acantilado, una superficie de piedras sueltas y arenisca; muy, muy lejos, abajo, el mar rompía con fuerza contra las rocas. Una de las piedras cedió bajo su pie desnudo y cayó al abismo. Agitó brazos y piernas en el aire, pero siguió acercándose a las rocas y al mar a toda velocidad, sin remedio. Antes de chocar contra ellas, abrió los ojos y se encontró tumbada en una especie de camastro alto, un lecho duro, forrado con un material similar a la piel. Una luz cegadora en el techo le impedía abrir los ojos que se le llenaron dolorosamente de lágrimas. Entreabrió por fin los párpados y encontró varias cabezas que se arremolinaban a su alrededor. No podía ver sus rostros ni sus cabellos, dado que se cubrían con una especie de gorros y sendos pañuelos tapaban sus facciones. A través de la tela pudo ver cómo movían sus labios, sin embargo, no escuchaba lo que decían. Algo en su interior le gritaba que estaban recitando su nombre como en una secreta oración. Intentó prestar atención pero no oía nada, sólo veía la tela moverse sobre sus labios.
      Cerró los ojos, chilló con todas sus fuerzas, mas de su garganta no brotó ningún sonido. Intentó incorporarse sin conseguirlo ya que unas correas de cuero sujetaban sus brazos y piernas al estrecho lecho forrado de piel. Los labios de esas personas seguían recitando su monótono salmo, pero ella ya no intentaba entenderlos, solo quería salir de allí. Un pincho muy fino se acercó a su rostro y más tarde se clavó en su brazo, a la altura del codo. Una corriente de intenso calor la recorrió entera y, entonces, un negro túnel se acercó para engullirla.
      Pero antes de abandonar la conciencia vio cómo uno de esos rostros se retiraba el paño de la boca y entonces, sí, pudo leer en sus labios el nombre que recitaba como una oración prohibida…


[1] Miembro de la curia o senado municipal.