jueves, 6 de octubre de 2011

SANATIO. Prólogo y Capítulo I: Gades

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Prólogo


De repente el suelo tembló.
De las entrañas de la tierra surgió un feroz rugido que arrancó enormes rocas de las paredes y del irregular techo en la estrecha y agobiante cueva, cuyos muros se combaron sobre su cuerpo haciéndolo caer, mientras una impresionante lluvia de piedras y arena martirizaba su carne y cegaba sus ojos; pronto la sangre se mezcló con un polvo negruzco y espeso cubriendo su cuello, sus ojos, sus labios. Se protegió como pudo la cara y la cabeza con las manos pero el polvo y la arenilla se colaron en su boca y en su nariz dificultándole respirar, mientras un millar de piedras de todos tipos y tamaños le sepultaban las piernas, los brazos, impidiendo cualquier movimiento. La luz, que hasta ese instante había permanecido firme en su misión de abrir un camino en la oscuridad, cayó vencida por el impacto de una enorme roca apagándose tras un chasquido.
      La oscuridad lo engulló todo.
      Uno o dos, quizá tres minutos. El temblor o el terremoto o lo que fuera aquello sólo duró eso, un par de minutos, pero ya no importaba. El cuerpo inerte hacía rato que se rindió, vencido por un golpe terrible en un lateral de su cabeza. Su garganta enmudeció por los impactos de cientos de piedras que hicieron su respiración superficial y dificultosa.
      Por fin, regresó el silencio.

Capítulo I

(Números en azul son notas a pie de página explicativas)


Gades (Año 39 antes de nuestra Era; 714 Ab Vrbe Condita) [1]          


El mercado bullía de actividad. Aunque acababan de estrenar el otoño, un esplendoroso sol casi blanco se imponía en el cielo obligando al frío de la mañana a esperar su marcha para campar a sus anchas. Urso sonrió satisfecho. El amo debía solucionar ciertos asuntos con su amigo y camarada, Lucio Naevio Balbo, duunviro de Gades, y eso le dejaba una hora más o menos para pasear sin rumbo fijo y sin obligaciones inminentes. Con unas pocas monedas en la bolsa de piel de cordero que llevaba colgada al cuello, bajo su paenula[2], perfectamente a salvo de las rápidas manos de los ladrones, buscó con perezosa mirada entre los puestos hasta que localizó uno que podría ofrecer lo que necesitaba: un tarrito de sebo de caballo para engrasar los cueros de las armas y la coraza, las cinchas, las fundas y la silla de montar del amo.
      Esquivó con paciencia a las decenas de personas que circulaban entre los puestos y que se topaban con él mientras cientos de olores, gratos unos, nauseabundos otros, le llenaban los ojos de lágrimas. Se permitió cerrar un momento los ojos mientras dejaba que el salitre del aire le embargara y le trasladara a otros días, a otros tiempos ya casi olvidados. No podía evitarlo. Siempre que volvía a Gades recordaba el día que desembarcó, hacía casi treinta años ya, enfermo y… No, mejor no volver a recordar. Debía comprar sus encargos y reunirse con el amo. Regateó con el dueño del puesto, un lusitano de hosca y apretada palabra que pronunciaba el latín con desgana, casi con asco. Sonrió mientras tomaba de las manos del hombre un recipiente de barro tapado con un basto lienzo engrasado y sujeto a la boca con un cordel de esparto. Urso dejó al hombre mudo por la estupefacción cuando se despidió de él en su propia lengua, con una dicción casi perfecta, deseándole un buen día. Era consciente que, sólo con su aspecto, impresionaba a cuantos cruzaban su camino con él; muy alto, una cabeza por encima de la media, de tórax hercúleo, morena piel y ensortijado cabello, ojos negros como la noche. Muchos se sentían atemorizados al considerarle casi un salvaje de dimensiones peligrosas, procedente de las lejanas tierras africanas, hasta que hablaba. Su perfecta pronunciación y el hecho de que dominaba varias lenguas dejaba a más de uno de piedra y él, para qué negarlo, disfrutaba con estos pequeños triunfos. Urso no era un esclavo más; sabía lo que valía, era consciente de lo útil que resultaba para todo y de lo necesario que era para su amo, para su casa, y con eso se sentía más que satisfecho.
      Abandonó la plaza del mercado y se dirigió hacia el arenal del puerto con caminar reposado. Varios esclavos descargaban de sendos carros tirados por bueyes unas grandes y barrigudas ánforas de garum,[3] que estibaban en una barca. Una decena de enormes barcos de carga permanecían anclados a bastantes pies de la orilla, para que su quilla no tocara el fondo; la carga se hacía llegar o se descargaba mediante barcas. A Urso se le hizo la boca agua y recordó las maravillas que Hipia era capaz de cocinar con este sencillo manjar y cómo lo utilizaba para aderezar pescados y verduras. Miró al cielo y encontró el sol muy alto. Ya casi era mediodía y debía darse prisa si no quería hacer esperar al amo.
      Unos gritos le sacaron de su ensimismamiento. Al fondo del arenal una algarabía le llegó haciéndose hueco entre el bullicio algo lejano del mercado y el del puerto. Se dejó llevar por la curiosidad y el alboroto le encaminó a la entrada de los almacenes. Allí, flanquea- dos por guardias armados, vio a varios hombres trasladando a una veintena de esclavos de ambos sexos al interior del almacén, posiblemente a la espera de ser embarcados. Por la juventud y aparente lozanía de los pobres desgraciados que no paraban de lanzar improperios, cada uno en su lengua, supuso que se tratarían de esclavos de gran valía por los cuales su vendedor obtendría una importante suma, de ahí el cuidado en su almacenaje hasta poder embarcarlos; los guardias les golpeaban con varas en las piernas para mantenerlos controlados, evitando, así, que los azotes dejaran marcas en sus caras o sus torsos. Una brisa de tristeza le llegó procedente de aquellos cuerpos y se recordó a sí mismo encadenado de manos y pies, con una gruesa argolla al cuello y sujeto por otra cadena al cuello de otro desgraciado como él.
      De repente, algo le llamó la atención. Sobre uno de los carros en los que habían transportado a los jóvenes esclavos, una jaula fabricada con gruesos barrotes de madera contenía el cuerpo inerte de lo que parecía un muchacho. Se acercó y miró a través de las maderas. Sí, se trataba del cuerpo de un joven de pequeña comple- xión, apenas cubierto con unas ajadas ropas demasiado grandes para él. Presentaba la cara espantosamente inflamada, los ojos hinchados, los labios secos, rotos y llenos de sangre oscura, aunque alguien se había molestado en limpiarlos con escaso resultado, dejando en la piel un rastro rosado. El cabello se lo habían cortado de cualquier manera y daba la impresión que se lo habían arrancado a bocados, quizá el resultado de un cuchillo o una daga no muy bien afilada. Aparentemente castaño, aparecía costroso y apelotonado alrededor de una horrible herida de bordes irregulares y negruzcos que horadaba su cuero cabelludo a un lado de la cabeza. La piel de las piernas y brazos aparecía magullada, llena de arañazos y costras. Se encontraba dormido, probablemente inconsciente, de lado. Los ojos entornados, febriles; la boca, entreabierta. Respiraba de forma agitada, marcándose en su magullada piel la parrilla de las costillas. Habían atado una de sus manos al techo de la jaula con una gruesa cuerda, cuya excesiva presión daba a sus dedos un tono peligrosamente azulado.
      Urso sintió una inmensa pena. Ese joven esclavo presentaba muy mal aspecto y estaba convencido de que moriría en breve si permanecía más tiempo en ese lamentable estado. Una voz a su espalda lo sobresaltó:
      —Si estás interesado te hago un buen precio.
      Urso observó al propietario de tan melodiosa y cuidada voz, casi incongruente en un lugar como ése. Se encontró a un sonriente hombre maduro de canoso cabello, tez bronceada, pequeños y astutos ojos, con un deje en su acento que le recordaba las tierras del norte de la península itálica. Sus ropas eran de calidad y se mostraban impolutas, lo que ya en sí tenía cierto mérito, teniendo en cuenta la suciedad que abundaba a su alrededor.
      —Este esclavo está moribundo —dijo Urso.
      El desconocido fijó su vista en el antebrazo de Urso que quedó al descubierto tras echarse hacia atrás el cuello de su paenula. Urso fue consciente de que el comerciante de esclavos había reparado en el tatuaje que llevaba desde hacía ya una eternidad y que indicaba su pertenencia como esclavo a la familia Galeria. Al darse cuenta de que Urso era tan esclavo como la persona que sobrevivía a duras penas en el interior de la jaula, la sonrisa se borró como por ensalmo y dejó salir de sus labios un chasquido de desprecio. Se volvió dispuesto a marcharse, pero antes añadió:
      —No está muriéndose, está bajo los efectos de una potente droga —el comerciante se giró nuevamente hacia Urso para conce- derle una explicación más, detalle que a él no le pasó por alto y que le sorprendió—. No había forma de hacerse con ella y hubo que dormirla para evitar que se golpeara contra las paredes o lastimara a alguno de mis hombres. De todos modos, este tipo de cosas están fuera de tu alcance, esclavo. Será mejor que te vayas.
      Urso se sintió insultado por el desprecio con que el hombre pronunció esta última palabra y debió de hacer un enorme esfuerzo, que esperaba que a los dioses no les pasara desapercibido, para no lanzarse sobre ese mequetrefe y darle un par de puñetazos. Decidido a marcharse y alejarse de un sitio tan deprimente se volvió, pero echó un último vistazo al interior de la jaula. En ese momento se dio cuenta de algo que antes se le había pasado por alto. El comerciante se había referido al esclavo como «ella». Sí, estaba completamente convencido de que había dicho «ella» y no «él». Intentó comprobar por sí mismo si de verdad se trataba de una mujer. Miró a través de las maderas, pero la joven tenía la cara demasiado sucia y deformada por las heridas, el pelo muy corto y la postura en que reposaba impedía comprobar si sus pechos estaban o no desarrollados. Miró sus piernas. Lo cierto es que no tenían vello, pero eso tampoco era un dato muy orientativo por esos días. En ese momento la joven estiró el brazo que tenía libre mientras emitía un quejido. Urso observó algo parecido a un dibujo que alguien había grabado en su piel con hierro candente, un símbolo que no supo identificar. Su marca de esclava. La quemadura tendría escasamente unas horas; se la debían de haber hecho el día anterior, como mucho.
      Sintió una pena enorme y algo en su interior que no supo muy bien cómo identificar y que se aventuró a llamar impotencia. El aspecto de esa joven le había impresionado más de lo que se atrevía a reconocer y lo peor de todo era que no entendía por qué. Todos los días veía esclavos en esa y en peores situaciones y nunca había reaccionado como esta vez. La imagen de esa mujer se le había metido en los ojos y no era capaz de borrarla. Con un suspiro de hastío y asco, se alejó de la jaula y de los almacenes camino de las atarazanas, lugar en el que había quedado con su amo. No habría caminado más que unos treinta pasos cuando se detuvo de repente y, sin poder evitarlo, se giró y dirigió una última mirada a la jaula.
      Un escalofrío lo recorrió de arriba abajo. Empezaba a hacer frío de nuevo, sin duda. Se arrebujó en su manto y miró al cielo. El sol ya no le resultó tan hermoso ni sus rayos tan luminosos y cálidos. Urso no admitiría jamás que había escuchado la voz de la joven en su cabeza suplicándole ayuda.
      Reanudó su camino y apretó el paso. Llegaría tarde y el amo Marco se enfadaría.

Orgulloso de su cargo en Gades, como uno de los dos duunviros de la ciudad, se repanchingó en su asiento mientras escanciaba vino en una hermosa copa que había pertenecido al mismísimo Lucio Cornelio Balbo, el Mayor, y que Naevio se encargaba de lucir cada vez que alguien de cierta categoría visitaba su casa. Un esclavo de apenas diez u once años, sirvió vino a Marco Galerio en otra copa de aspecto similar, pero de menor brillo ancestral.
      La domus de Lucio Naevio Balbo se encontraba a las afueras de la ciudad. Se la había hecho construir en lo que se conocía como la Nova Gades, nueva ampliación de la antigua ciudad fenicia, iniciada cinco años atrás. La casa era un lujoso edificio de dos plantas cuyos suelos, cubiertos de bellos mosaicos de exquisita factura, recreaban escenas que hacían alusión a las musas griegas. Desde el suelo del tablinum[4] en el que se encontraban, una hermosa Clío se concentraba en su escrito rodeada de papiros. En las paredes, varias pinturas representaban bellas y sofisticadas jóvenes tocando la lira.
      Marco Galerio suspiró por la impaciencia antes de dar un corto sorbo a su bebida, un vino especiado que, lejos de agradarle, le supo a hiel. Su anfitrión pretendía que la reunión fuera distendida, cordial, pero las palabras de Naevio le irritaban. Marco observó la piel aceitunada de su amigo, sus ojos oscuros, su prominente nariz y su rostro enjuto, casi seco, su afilada barbilla, que coronaba un ralo y plateado cabello sobre un corpachón que se mostraba cada día más orondo y menos atlético. Marco fijó su mirada en esos ojos de brillo incierto procurando entresacar la verdadera intención de sus palabras.
      —Ya sabes, querido amigo Marco Galerio, que tengo impor- tantes influencias familiares en Roma que respaldan esa informa- ción.
      Marco asintió en silencio. Le costaba aceptar que las afirma- ciones de su amigo Lucio Naevio fueran ciertas. Lo realmente cierto era que el duunviro pertenecía a la gran estirpe Balbo de Gades, cuyo integrante más conocido era Lucio Cornelio Balbo, llamado el Mayor, miembro de una antigua familia de origen fenicio enriquecida por su dedicación al comercio y, el cual, gracias a su apoyo a Cneo Pompeyo Magno en sus batallas contra el inefable Sertorio, había conseguido que se le concediera la ciudadanía romana a él y a toda su familia[5]. Años más tarde, sin embargo, este ilustre militar se unió al partido de Julio César en la guerra civil contra los partidarios de Cneo Pompeyo y, tras la decisiva batalla que daría la definitiva victoria a César en la contienda, Balbo el Mayor obtuvo del dictador que se concediera la ciudadanía romana a todos los habitantes de Gades y el estatus de municipalidad a la ciudad. Poco después, Cornelio Balbo, el Mayor, logró lo que ningún hombre no italiano había conseguido jamás: un consulado[6]. Su sobrino, de igual nombre y apodado el Menor, descolló desde entonces en Roma gracias al apoyo de su tío. Desde su puesto de cuestor en la provincia hispana Ulterior, uno de sus primeros nombramientos de responsabilidad, había llegado a la metrópoli donde ocupaba un asiento como senador, aunque su llegada a la ciudad de Roma no fue tan honrosa como la de su tío, dado que se fue apresuradamente de la provincia Ulterior con una pequeña fortuna bajo su túnica, sustraída sin rubor alguno del erario público y que, en principio, estaba destinada a pagar los salarios de los legionarios destacados en Hispania, dejando al gobernador Asinio Polión, su inmediato superior, a su suerte.
      Los Cornelio Balbo eran, en definitiva, una influyente familia de Gades que ocupaba importantes puestos de responsabilidad y cuyos contactos allanaban muchos caminos. De aquí procedían las inmejorables influencias familiares de Lucio Naevio Balbo y su pozo inagotable de información siempre privilegiada y casi nunca errada.
      Consciente de esto, Galerio escuchó a su amigo procurando que su rostro no reflejara lo que en realidad pensaba.
      —Los rumores que circulan sobre que alguien pretende asesinar a nuestro nuevo gobernador no son algo que debas ignorar, Marco, sobre todo porque tú puedes hacer algo para evitarlo, aparte de que es tu superior y a él te debes. A mí me llegan muchos nombres de sospechosos capaces de tan inefable fechoría —Lucio hizo un gesto vago con la mano antes de dar un sorbo al vino de su copa—, pero casi ninguno vive aquí, todos están ahora en Roma y sus intereses orbitan en otras provincias que no son éstas; todos, menos uno —hizo una breve pausa que aprovechó para valorar el efecto de sus palabras sobre Galerio—. Todos ellos odian a Octaviano y prefieren a Marco Antonio; el gobernador, Domicio Calvino, es un hombre de gran confianza del primero y ferviente opositor del segundo, aunque aparentemente deba ser neutral dado el acuerdo entre los triunviros.
      Marco dio otro pequeño sorbo a su vino evitando así tener que contestar de inmediato. Lucio aprovechó su testarudo silencio:
      —Tu cercanía al quaestor propretore Marcelo hace necesario que estés atento. Quién sabe —Lucio sonrió con intención—, el que planea matar al gobernador Domicio, probablemente también desee acabar con su inmediato subordinado, Marcelo.
      La ironía en las palabras de Lucio no le pasó desapercibida a Marco Galerio. De todos era conocido el desprecio que Marcelo sentía por su superior, el gobernador Domicio Calvino. Más aún: no era una novedad que un cuestor no estuviera de acuerdo con las acciones del gobernador de su provincia, dado que el propio Balbo el Menor, en su papel de cuestor de la Ulterior[7], se opuso y se enfrentó abiertamente a la política de Asinio Polión, gobernador de la misma provincia hispana, el cual llegó a quejarse de él en su correspondencia a Cicerón y a llamarlo «el miserable», sin sentir ningún rubor por ello. Aunque el enfrentamiento entre ambos era una situación sobradamente conocida, tales palabras no dejaban de ser una afrenta, dado que ambos habían sido nombrados por la más alta representación de Roma. El enfrentamiento entre cuestor y gobernador se repetía nuevamente en las personas de Marcelo y Domicio Calvino.
      —Tus tropas pasarán el invierno en Hispalis, ¿cierto? —Marco asintió con un gesto mientras bebía nuevamente—. Bueno, creo que sería adecuado que no te alejaras mucho durante un tiempo de…
      —Entiendo tus dudas, Lucio Naevio, pero no las comparto —Galerio se incorporó bruscamente en su asiento mientras depositaba su copa nuevamente en la mesita—. Y tus insinuaciones son grotescas. Marcelo jamás ha ocultado sus preferencias por Marco Antonio frente a Octaviano, ni su desagrado cuando Hispania pasó a estar controlada por el heredero de César, pero eso no supone que sea un traidor. Roma está dividida en varios partidos, siempre ha sido así y, si los dioses no lo impiden, siempre lo será. Sin embargo, el ser partidario de uno u otro hombre no te convierte en traidor o asesino.
      El pequeño esclavo apareció raudo y volvió a llenar la copa de Marco, desapareciendo rápidamente tras las cortinas. Marco fue consciente de su falta de cuidado. Ese esclavo probablemente no entendía de qué estaban hablando, pero estaba escuchando y eso siempre era peligroso.
      —Pero no me puedes negar, querido amigo —dijo Naevio en un susurro—, que eso sí ha supuesto muchas veces el caer en desgracia ante Roma y el que se interrumpa bruscamente una floreciente y prometedora carrera. Los que conforman el bando perdedor a veces se encuentran tentados a borrar de forma agresiva del mapa a sus oponentes creyendo que así su victoria será más fácil.
      Marco Galerio hizo un gesto de impaciencia con la mano y se levantó. Naevio permaneció sentado haciendo girar su copa entre los dedos, aparentemente ajeno a la brusquedad de su amigo.
      —Lucio Naevio me conoces hace tiempo y sabes que a mí la política no me interesa.
      —Pues eso es un error, aunque sólo seas un hombre de armas. La política está en todo lo que hacemos a diario, está en el aire que respiras y no te puedes esconder de sus efectos.
      —Probablemente tienes razón, Lucio, pero lo más que puedo asegurarte es que si me entero de algo actuaré en consecuencia; me niego a intrigar como si fuera una rata de palacio como…
      —… como yo —le atajó Naevio con tono melifluo y sin perder la sonrisa.
      Marco sonrió. Siempre había envidiado el sentido del humor de su amigo teñido, casi siempre, de cinismo y de una aguda ironía. A diferencia de Naevio, él era demasiado serio y terrenal.
      —¡Sí, como tú, vieja arpía!
      Ambos rieron de buena gana. Lucio Naevio se levantó no sin antes dejar con extrema delicadeza su preciado tesoro en forma de copa sobre la mesa que tenía más cercana. Hizo un discreto gesto con los dedos en dirección a las cortinas y, como por ensalmo, volvió a aparecer el pequeño esclavo con el manto y las armas de Marco Galerio. Éste las tomó y revolvió cariñosamente los cabellos del niño que le devolvió una tímida sonrisa, aunque antes lanzó una rauda mirada de reojo a su amo para, inmediatamente, volver a bajar la vista al suelo, sumiso. Lucio Naevio ignoró la presencia del pequeño.
      —Marco Galerio, viejo amigo —le puso las manos en los hom- bros y lo agitó con suavidad—, sé que no eres un hombre de política y que estos asuntos no te interesan: eres un hombre de armas, pero en el ejército debes saber relacionarte y sólo gracias a las amistades que hagas y a las influencias que consigas podrás ascender en tu cursus honorum.
      —No puedes decir que en mi carrera haya ascendido por mis buenas relaciones personales…
      —No seas ingenuo, Marco. Espero que sepas que los tiempos del gran César han quedado irremediablemente atrás, sé que eres consciente de ello y que te apena; la fidelidad, el honor y el arrojo ya no son inversiones seguras. Si te ascendieron a tribuno no sólo tuvieron que ver tus habilidades y tu valor en el campo de batalla. No lo olvides. El que no tengas una gens suficientemente noble te frena en tu capacidad para medrar.
      Marco hizo un gesto de fastidio y apartó los brazos de Naevio de sus hombros, no sin cierta brusquedad.
      —Estás muy equivocado, Lucio Naevio —Marco intentó con- trolar el tono de voz aunque no lo consiguió—. Si me ascendieron a tribuno sexmenstris ha sido por mis logros, por los diecinueve años que llevo de servicio, por la confianza que en mí tienen mis hombres y por nada más. No tengo un cargo tan relevante como para que se sospeche de mi carrera. No poseo nada que no me corresponda.
      —Pero tu relación con Marcelo…
      —Mi relación con el cuestor Sexto Ulpio Marcelo es personal y nada tiene que ver con mi labor en la legión. Espero que no se te olvide.
      Naevio Balbo no perdió la sonrisa aunque la salida de tono y el enojo de Galerio le parecieran fuera de lugar. Sabía que había tocado un tema delicado, una llaga en carne viva que se negaba a sanar, y que su insinuación era ponzoñosa, pero aún así no se había echado atrás. No podía negar que, en parte, envidiaba a su amigo por el respeto que despertaba en sus tropas, en sus superiores y en el ejército en general. Su ascenso era algo absolutamente merecido y era consciente que Marcelo poco había tenido que ver. No era estilo del cuestor promover a otros que en un momento u otro le pudieran hacer sombra; temía demasiado a los que valían más que él y el comprobar cómo Galerio se le acercaba en la jerarquía le habría ocasionado más de un dolor de tripas, estaba convencido de ello, sobre todo cuando ese alguien procedía de una familia muy alejada de la aristocracia a la que él pertenecía y de la que tanto se vanagloriaba.
      El padre de Marco procedente de una modesta familia rural de equites de la península de Italia, tribuno de la legión X Equestris, había luchado codo con codo junto al mismísimo Julio César en múltiples campañas, tanto en la Galia como en Hispania y había participado en la decisiva batalla de Munda del 708 AVC[8]. Llegó alto y habría ascendido más si no hubiera perdido la vida en las refriegas que se desarrollaron, durante varios meses después, con las tropas rebeldes que, encabezadas por Sexto Pompeyo, aún tardaron unos años en ser eliminadas. Su muerte fue el resultado de una emboscada que le tendieron un pequeño grupo de pompeyanos, a él y a otros cincuenta legionarios que corrieron su misma suerte. Su valor y arrojo jamás se habían puesto en duda y los honores con los que se celebraron sus funerales así lo demostraron. Su hijo Marco se sentía muy orgulloso de él y había seguido rápidamente sus pasos, aunque, cuando su padre murió, él ya llevaba algo más de trece años en la legión. Ni el padre ni el hijo habían tenido una carrera fulgurante, precisamente.
      Marco se abrochó el manto y se ciñó su arma.
      —Debo dar esta visita por finalizada, Lucio. En el puerto me esperan para embarcar los caballos que acaban de traer de Mauritania y mis hombres estarán impacientes.
      —¡Oh, sí, por supuesto! Fantásticos animales. Pude verlos ayer y son unos ejemplares magníficos.
      Lucio acompañó a su amigo hasta la entrada, algo poco habitual en él, pero necesitaba suavizar el gélido ambiente que se había instaurado entre ambos como resultado de sus malintencionadas palabras. Sus esclavos permanecieron discretamente tras las cortinas a la espera de las indicaciones del amo. Un bello mosaico engalanaba el suelo representando a una traviesa Talía que se cubría el rostro con una máscara.
      —Sé que estás molesto por mis palabras, Marco —el tono de voz de Naevio era grave, casi un susurro; sus ojos fijos en los de su amigo—, pero lo que te cuento es tan cierto como que mañana saldrá el sol. No bajes la guardia y desconfía de todos y, sobre todo, de Marcelo. Aunque tú le tengas un enorme respeto por sus buenas acciones con tu familia tras la muerte de tu padre, no le pierdas de vista. Recuerda lo que te digo, amigo.
      —Hasta pronto amigo.
      Marco Galerio dirigió un saludo respetuoso a Lucio como honor obligado por su cargo de duunviro de Gades y se marchó. La mañana se había vuelto más fría según pasaban las horas; el sol, muy alto ya, era un disco desvaído y pálido. «Como mi espíritu», pensó Marco. Estaba preocupado; preocupado y molesto. Las palabras de Lucio Naevio Balbo le habían envenenado el ánimo. No soportaba esas intrigas y soportaba menos aún que intentaran involucrarle en asuntos que le venían tan grandes.
      Sabía que su relación personal con Marcelo había provocado no pocas suspicacias en muchos de sus amigos y compañeros. Desde hacía dos años, Marco Galerio había aceptado la petición del cuestor para que fuera su hijo adoptivo. Le había ayudado mucho en la gestión de la herencia de su padre cuando murió y había estado muy atento a sus necesidades desde ese momento, por lo que consideró que sería un acto de gratitud más que merecido hacia su protector el aceptar su ofrecimiento. Como tal hijo adoptivo debía de haberse cambiado el nombre, adoptando el de Marcelo, hecho que se recogía en los documentos pertinentes, aunque en la práctica él seguía haciéndose llamar como siempre, con el beneplácito de su nuevo padre. Nunca pensó que había hecho algo inadecuado, pero no soportaba que Marcelo se metiera en su carrera. Estaba claro que el cuestor esperaba que sus ambiciones se le contagiaran, pero Marco Galerio no deseaba hacer otra cosa que lo que llevaba haciendo desde hacía casi veinte años.
      Con paso decidido atravesó la ciudad y llegó al poco a las atarazanas. El olor a pescado pasado y al salitre del mar le hizo volver rápidamente a la realidad. Cerca de la entrada vio a sus hombres que le acompañarían en el traslado de los caballos por la costa hasta la desembocadura del río Betis y, una vez allí, lo remontarían hasta la ciudad conocida como colonia Iulia Romula Hispalis[9], donde se encontraban acampados.
      Se había levantado poniente, el viento más desolador de aquella costa, y el frío se hizo insoportable. Marco Galerio encontró a sus hombres sentados sobre unos bultos charlando distendidamente mientras se golpeaban los muslos y movían las piernas intentando entrar en calor. Aulo Emilio Paullo, su centurión, se levantó rápidamente cuando lo vio aparecer y lo mismo hicieron los otros tres legionarios que con él estaban. Tras intercambiar los saludos de rigor, Marco los acompañó a supervisar la carga de los animales en las naves, que ya casi estaba finalizando. La marea estaba subiendo y el capitán deseaba salir antes de la nona[10]. Se sentó a una mesa para estudiar con el capitán y su centurión la ruta más adecuada a seguir. No había muchas dudas, dado el trayecto; se trataría de navegación de cabotaje por lo que los riesgos serían mínimos, sin embargo a él, como responsable del viaje y de su misión, le gustaba tener todo controlado. Por el rabillo del ojo vio a Urso apostado a un lado de la sala. Hacía rato que no se acordaba de él. Siendo un viaje considerado oficial no era muy adecuado que se hubiera hecho acompañar de un sirviente, aunque en este caso supo que nadie diría nada.
       Dejó a Aulo Emilio con el capitán y se acercó a Urso. Le palmeó afectuosamente en un hombro y lo llevó fuera de la sala. A Marco Galerio le extrañó que no le explicara, como era su costumbre, los pasos que había dado esa mañana y le diera cuenta de las tareas que había llevado a cabo. Nunca dudaba de su eficiencia, pero Urso lo consideraba un deber y él se lo hacía cumplir como si fuera una de sus más ineludibles responsabilidades.  
      —¿Has cumplido con los encargos?
      Ambos eran casi de la misma estatura, aunque el cuerpo de Urso era mucho más voluminoso, de más envergadura. Aún así, en sus actitudes, más que en sus ropas, se podía apreciar con un simple vistazo quién era el amo y quién el esclavo, aunque no era sumisión lo que se podía apreciar en Urso, sino un inmenso respeto. El esclavo le relató con un susurro grave sus pasos durante toda la mañana sin andarse en muchos detalles. Marco Galerio apreciaba a su sirviente y sentía por él algo parecido a la amistad. No en vano, le había salvado la vida en más de una ocasión. Pero, aunque no se hubiera sentido unido a él por una cierta gratitud, valoraba en mucho sus siempre agudas observaciones y su sosegado y acertado punto de vista, su sentido común. No era muy ortodoxo que se hubiera hecho acompañar de su esclavo en una misión administrativa como la que estaba desempeñando en Gades, pero sabía lo que esta ciudad representaba para Urso; por ello, en todas las ocasiones en que debía acudir a la ciudad, se llevaba a su esclavo. A cambio, él sabía hacerse invisible y pocos se daban cuenta de su presencia, excepto claro está, sus hombres, que aceptaban la omnipresencia de Urso como algo natural y, por qué no reconocerlo, útil, dado que se ocupaba de ciertas tareas de índole doméstica que les hacía el viaje más cómodo.
      Marco Galerio notó que el estado de ánimo de Urso no era de los mejores. No le hacía mucha gracia tener que soportar el humor taciturno del esclavo que sólo lograría acrecentar la bilis que envenenaba el suyo. Iba a despedirlo y a ordenarle que desapareciera hasta el momento del embarque, cuando Urso sin mirarle a la cara le preguntó:
      —Amo, sé que con permitirme acompañarte en tu viaje ya mi agradecimiento hacia ti debería ser infinito, pero ¿podrías venir conmigo para ver una cosa?
      Marco se quedó asombrado.
      —¿Es que has perdido la razón? —Su mal ánimo necesitó poco para desembocar en enfado—. ¿No ves que debo ocuparme de asuntos importantes?
      Se giró dispuesto a marcharse junto a sus hombres, pero Urso lo agarró por un brazo. Su enorme manaza fue una tenaza que, por un solo instante, le dificultó todo movimiento. Galerio lo fulminó con la mirada. Su enfado derivó en ira. Jamás Urso se había tomado una libertad de esta naturaleza. Intentando controlar la furia que lo abrasaba por dentro para no golpear a su esclavo, con férrea mano retiró la de su sirviente tomándolo por la muñeca. Acercó su rostro al de un desconocido y apagado Urso y le escupió a menos de un palmo:
      —¡Jamás, jamás oses volver a agarrarme como lo acabas de hacer!
      Para su sorpresa, la mirada de Urso, fija en sus ojos, no denotaba arrepentimiento o pena. Marco se giró dispuesto a marcharse. Dio dos pasos, temblando de ira y se detuvo. «Esto no es normal. Nunca me ha hecho algo igual», pensó. Tomó aire. El frío le atenazó la garganta y le llenó los ojos de lágrimas. Se volvió. Urso no se había movido y su rostro seguía siendo inescrutable; sólo su mirada dejaba entrever que algo acongojaba su espíritu. Marco lo conocía desde siempre. Casi se habían criado juntos y sabía en todo momento lo que pensaba y lo que quería decirle con solo observar sus oscuros ojos. Esta vez, no. Aún así, su instinto le gritó que cediera, que lo escuchara. Todavía había tiempo, podía dedicarle un momento.
      Volvió a tomar aire intentando, con escaso resultado, sosegar su ánimo. Urso no le dio tiempo a pronunciar una sola palabra.
      —¿Podrías venir conmigo para ver una cosa?



[1] Ab Vrbe Condita, es decir, desde el año de la fundación de Roma, que fue en el 753 a.C., según los romanos.
[2] Especie de poncho con capucha, realizado en piel o lana gruesa
[3] Pasta de pescado salado, similar a los actuales patés de anchoa
[4] Sala en las casa romanas que hacía las veces de despacho.
[5] Mediante la Lex Gellia Cornellia del año 72 a.C.
[6] Año 40 a.C.
[7] Balbo el Menor fue cuestor de la Ulterior en el 44 a.C.
[8] En el calendario actual este año es el 45 a.C.
[9] La actual ciudad de Sevilla.
[10] Entre las 13:29 y las 14:15 horas, más o menos.
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